En siete días cumplo 19 años. Mentira, en 6. Ya ni siquiera
tengo interés por saber el calendario. Siempre es más fácil vivir en una
dimensión de eterno presente y lejano futuro.
Me gusta mi propio nirvana.
Pero en fin; hora de volver a la realidad, que se empecina
en abofetearnos en la cara.
19 años… y me siento muchísimo más vieja y usada.
Es tiempo de abandonar completamente la adolescencia. Adiós
inmadurez, adiós infancia, adiós indecisión.
Es momento de deber, responsabilidades, adultez y
aprendizaje tardío que tuvo ya suficiente demora al rehusarse a ser
anteriormente incorporado.
Me niego a crecer, al igual que Peter Pan; y sin embargo
tengo la sensación de haber transcurrido muchas vidas y adelantado miles y
millones de ideas.
Superada y avivada…toda una mujer... o una niña jovial, pero
de a momentos muy anciana y contradictoria.
Me temo que así concluye otro año sin acabar de hallarme a
mi misma ni entender del todo mi psique. Sin experimentar soluciones, pero sí
centenares de problemas y malestares.
Algunos lo llaman depresión, ansiedad, o hasta quizá
bipolaridad o trastorno. Pero al conferirme cualquiera de estas etiquetas,
estaría hablando sin saber. Porque la verdad es, que la psicología me aterra.
Tengo miedo a mejorar, porque soy consciente de lo que ello significa: cambio.
Cambio de personalidad, de identidad. No quiero perder todo lo nuevo que hallé
en mí. No quiero analizarme. Y ya ni sé si realmente me interesa mejorar.
No quiero perderme. No otra vez.
Me agrada así; me gusta mi coma. Pero también lo odio.
Especialmente por la soledad.
No quiero saber qué tengo, si bien sé que tengo algo. Sería
la única explicación posible.
Hay veces que pienso que puedo sola, que mi propio análisis
basta. Pero no sé de psicología, y no sabría darle nombre a mi padecimiento.
Tampoco cómo tratarlo. Pero ese es justamente el atractivo:
el enigma. Porque quizá no quiero tratarlo.
Es simplemente lo que soy.
Y así… no me aterra cumplir 19 por pensar que me faltaron
cosas por hacer. Nunca esa idea estuvo tan equivocada. No es por el hecho de
que tema al futuro. No. Sino porque mi juventud se desvanece con el correr
de los años. Y al mismo tiempo… entiendo que mi vida no tiene línea divisoria
entre edades. Sé perfectamente que puedo morirme en cualquier instante, y
francamente no me asusta demasiado, ya que estoy feliz con lo que logré, a
sabiendas de que no fue inmenso.
Pero sí fue lo que quise y conseguí.
En fin: contradicciones y más contradicciones. Pero así me
gusta.
Al principio de este texto tenía miedo de cumplir 19… y
ahora sencillamente me causa hastío. Y es que el 18 es un número tan delicioso
y exquisito. Tan… perfecto.
Al mejor estilo de Dorian Gray, me aferro a mi juventud e
inocencia dudosas. Y sin embargo, jamás vendería mi alma para conservarlas. Eso
nos diferencia. Y ciertamente, detesto las similitudes.
Sé que 19 no es nada, ni siquiera lo suficiente. Pero sí
para mí en este momento en particular. Amaría poder quedarme solo así.
No ansío ya cambios. Tal vez sí voy a tratar de encariñarme
más con las personas y prestarles mayor atención, pero no garantizo nada; no
soy de fiar. Me agrada mi soledad.
O quizá no… no se confundan. Pero al menos no me caben dudas
de que estoy destinada a estar sola, porque la vida es de uno, y a cada uno le
toca afrontarla y vivirla por su cuenta. Las personas alrededor no son más que
maniquíes y bufones.
Y tal vez… después de todo sí me gustan las tragedias. Y aún
más protagonizar una.
Ya no me molesta cumplir 19. Que vengan, si se atreven.
Total… nada de esto es real. Y si lo
es... tampoco importa ya.