domingo, 29 de noviembre de 2015

Caminos separados

Silencio. Como una ráfaga permanente invade la habitación, se cuela por los rincones vacíos, se aferra del suelo y trepa por las paredes.

Silencio. Insoportable, sólo una sirena se oye a los lejos.

Recién ahora soy capaz de despertarme con algo de sobriedad y la mente lo suficientemente en frío.

Y lo recuerdo todo con lujo de detalle.

Silencio. Me dejaste sola y no volviste.

No puedo creer que no hayas vuelto.

Lo único que quería era que te quedaras conmigo y vos decidiste salir solo… y eso que pensé que eras mi amigo.

Y tal vez me equivoqué… y nunca vas a ser realmente mi amigo.

Te presioné, por poco te digo que estaba enamorada y alcancé únicamente a pronunciar una perorata de que me gustabas hace dos años. Por suerte me frenaste de antemano; porque no es cierto. Y sin embargo me molestaron las preguntas, el interrogatorio. ¿Para qué?; ¿es realmente necesario que lo haya después de tanto tiempo de conocernos? Bueno… para ser justos hay una brecha de por medio de casi un año.

Quizá es mi culpa. ¿Quizá?

Siempre es mi culpa, eso estuvo claro desde el principio. Pactado y firmado por ambas partes.

Y ahora ni siquiera puedo llorar, pero una presión en el pecho me asfixia y tengo que reacomodarme en la cama para sentarme de manera que no me moleste tanto.

Son las 6:17 a.m. Los pájaros cantaron afuera durante unos minutos y se detuvieron súbitamente. ¿Se habrán detenido acaso cuando me enviaste ese mensaje de adiós?

El silencio es tan denso, que presiento que me va a tragar entera.

Y un peso se posa en mi garganta, en mi cuerpo, en mi corazón. Y no estás.

Te subiste a un tren y partiste lejos para no volver.

Ya nunca vas a volver. No después de ese intercambio de palabras.

Y si hay algo que no voy a poder perdonarte es que no intentaste ni por un instante de comprender mis sentimientos. Y eso que siempre te escuché cuando me relataste cada uno de los tuyos. Al parecer sólo se nos da utilizar el Internet impersonal y ausente para hablar. Tal vez y hasta encaja a la perfección porque nuestra relación se caracteriza por ser de esa manera.

Primera vez que visitaste el departamento y ya no anhelas retornar.

Perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón. Lo repito como un mantra, porque tampoco tengo el poder para detener tus acciones. No busco intentar que regreses. Entiendo que tenés mente propia, pese a que me agrada ver en cuánto nos parecemos.

… ¿Nos parecemos realmente? Ya no me hallo del todo segura ante la afirmación.

Y desde esta precisa noche puedo decir que el amor ya no anida en mi ser. Me quedé sin nada por lo que conmoverme, pero demasiado en qué pensar.

Supongo que siempre supe que no sentías lo mismo y no quise empujarte a decir nada. Hay mil y un formas de amar, y jamás pudimos entender ninguna. Si querías partir era tu decisión. Y la tomaste. Y saliste igual y asististe a una fiesta sin mi. Y bailaste probablemente con personas que no eran yo, y besaste los labios de alguien más.

Y esta noche yo ansiaba tanto un beso... Y no quisiste concedérmelo; un capricho que valió por otro capricho.

Y no puedo soportar el vacío que me sobrevino con tu rechazo.

No te pedía un beso porque en verdad continuara enamorada; no te pedía un beso porque quisiera celosamente poseerte; necesitaba un beso porque estaba sola. Y continúo sola. Y drenada de emoción alguna. Y en silencio.

Ansiaba por primera vez en mi vida que alguien me protegiera, me acariciara el pelo, me dijera que me tenía afecto. Y pese a que mencionaste otrora que siempre me cuidarías estando mal, se confirmó esta noche mi teoría de que en definitiva no lo harías. No te importo lo suficiente para que cambies tus formas. Y para ser franca, no soy quién para requisar semejante blasfemia.

Si querer olvidar es un sentimiento, entonces soy consciente de que éste infectó mi cabeza.

Quisiera ser menos impotente, tener más coraje, tener una dosis menor de ingenuidad cuando me rodeás con tu risa.

En este momento te diría mil cosas y no me sale decirte ninguna. Soy tan infantil y asquerosamente predecible para mi misma.

Y puedo, sin embargo, concebir el hecho de que no hayas vuelto. La huída estaba pintada en tu semblante; coloreaba de tonalidades oscuras tu frente cuando fruncías el ceño.

Tuve que saberlo; saber que un buen día te ibas a cansar de pasar tiempo conmigo.

Pero no pensé que iba a ser hoy.

No hoy.

No así.

Sos la única persona que necesitaba. Cada vez que me derrumbaba te llamaba, esperando que desde la otra línea sonara tu voz. Y nunca sucedió. Quizá jamás puede suceder.

Y sos a la única persona a la que me gustaría abrazar en mi sueño. A la que desearía agarrarme con fuerza, y recostaría mi cabeza en tu pecho a la vez que escucharía tus latidos. Suena cliché, pero tengo de repente unas ganas aberrantes de hacerlo.

Y no me sorprende, pero no va a poder ser. Y ahora más que nunca me agradaría un consuelo de mi mamá.

No estoy destrozada, pero sí rota.

La vida finalmente me golpeó en la cara.

Y al reflexionar sobre todo y nada, puedo llorar.

Pensar en mi mamá me aflojó las lágrimas. Pensar en lo mucho que le oculto y en lo lejos que se encuentra de mi.

Y me agradaría dirigirme a la terraza a tomar aire fresco, pero me sentiría culpable de compartir el viento sin estar en tu compañía.

¿Culpable? Qué palabra fuerte.

Me preguntás si dejaste tus llaves. Observo la mesa con pesadez. Lo único que dejaste atrás fueron colillas de cigarrillos, alcohol y remordimientos. En síntesis, todo aquello que fuiste capaz de otorgarme en su momento.

Y no te juzgo. Pero siempre creí que me ibas a dejar algo más.

Mala mía por ser una chiquilina en la mente de una adulta.

Lovesick… homesick… just sick.

No nos hagamos los formales con tantas etiquetas. Ni a mi me sale, y hay veces en que me creo la Reina de Inglaterra.

Y por fin lo que escribo no se contradice con quién soy. Es real, es espantosamente genuino y desagradablemente denso.

A nadie le gusta alguien dañado. A nadie le agrada una persona perjudicada.

Solía auto convencerme de que la depresión tenía su tinte romántico, su lado hermoso. Pero la verdad es que cansa y aturde a los demás de tal forma, que abandonan su suerte mientras pueden.

Y cómo los envidio. Y no los juzgo ni acuso por irse tampoco.

La realidad es… que yo también me iría si pudiera;

desplegaría unas bellas alas doradas y partiría de este mundo.

Wow. Cómo los puntos aparte parecen tan lapidarios de repente. Como si ya fuera hora de pasar a otra cosa.

Silencio, silencio, silencio.


lunes, 23 de noviembre de 2015

(Des) Preocupación

Me encantan los días en que no hay tiempo. Aquellos en los que uno se levanta y finge que son las diez de la mañana; los que uno atesora y guarda en el cajón de los objetos valiosos.

Me encantan los momentos en que no existen los relojes, ni los calendarios, ni nada en realidad. Sin horarios, sin reglas; sin tener a dónde ir ni nada que hacer en un futuro inmediato.

Me encantan las mesas de desayuno al mediodía, las camas sin hacer, los pelos alborotados, las colillas de cigarrillos en el cenicero de vidrio. Siempre me agradaron el olor del café a las once de la noche de un sábado, los platos sin lavar amontonados en la pileta por la tarde, sin que nadie se moleste en pasarles una esponja.

Me encantan las bañaderas para estrenar, las mantas del sanitario colgadas de la mampara, esperando a secarse; el calor que emana de un plato recién hecho de fideos listo para ser devorado a deshoras.

Me encantan los vasos de cerveza vacíos, bien temprano, cuando está amaneciendo; el esmalte corrido, la cara sin haber sido desmaquillada, con restos de rímel y rastros de un carmín dibujando el contorno de los labios;

Retazos de un poema borroneados en una servilleta-manuscrito que hizo las de boceto en manos de un escritor borracho.

Me encantan los días en que no siento la culpa de “perder el tiempo”, ni me deprimo al ver la bata azul celeste apoyada en el extremo de mi cama. Aquellos en los cuales no me siento mal por dejar que las horas corran, por permitir que se apile la vajilla, por olvidar estirar las sábanas.

Porque en esos días… en esos días soy real. Me entiendo verdadera y me admiro en todo mi esplendor humano. En esos días, estoy en paz con mis defectos y mis errores, y compartimos una taza de té junto con los aciertos y las virtudes.

En esos días puedo ser yo, verosímil. Sin apuro, sin prisa o cautela, sin precaución. No existe el tiempo, no se asimilan las normas, no me llaman por celular o ni remotamente considero atenderlo.

En esos días, curiosamente, al no haber conteo de los minutos, me siento plenamente consciente de que existo.

viernes, 2 de octubre de 2015

Eclipse Rojo/El Éter

Hoy, domingo 27 de septiembre de 2015, me fui a ver a la terraza un eclipse lunar. Mi hermano se había ido a encontrarse con alguien y yo no sabía cuándo me llamaría o si pensaba volver. Por las dudas me llevé el celular conmigo.

A decir verdad, nunca me generó demasiada confianza la terraza de noche, pero a falta de un balcón en el propio departamento, me vi en una situación con limitadas opciones.

Cacé mis llaves para volver luego de presenciar el fenómeno de los cielos, subí al ascensor con nerviosismo, y con la campera puesta y una sonrisa de oreja a oreja estampada en mi rostro, marqué con el dedo índice el piso 14.

Al atravesar el umbral, me vi de frente al rellano bien iluminado, a unos pasos de las escaleras que conducían al corredor que daba a la puerta de vidrio de la azotea.
Inhalando una bocanada de aire, junté coraje y ascendí intentando no hacer ruido con el tacón de mis borcegos.

Una vez que giré la perilla de metal, la noche sopló en mi nariz con delicadeza. Escudriñé el ambiente en busca de vecinos intrigantes, pero no había nadie. Sin necesitar verme en un espejo, sabía que mis ojos estaban brillando.

Me decidí a sentarme en el suelo color terracota y tranquila esperé, desnuda mi alma frente a la Luna, y el cosmos como mi única y siempre leal compañía.

Y me aburrí un poco, y me sentí sola otro poco. Pero sabía en mi fuero interno que estaba por ser testigo de algo fantástico, un eclipse rojo que ocurriría de nuevo recién en el 2033 y que únicamente sería visto en parte de América del Sur y otros pocos países. Comenzaría exactamente a las 22:07hs y el máximo, es decir, la entrada en la umbra de la Tierra, sería a las 23:42hs. La Tierra bloquearía por completo la luz del Sol sobre la superficie lunar, pero ésta se refractaría (se desviaría) en la atmósfera de nuestro planeta, provocando que un rojo que representaría todos los atardeceres y amaneceres del mundo se reflejara en la Luna durante 1h 12m.

Me hallaba llena de luz y espiritualmente en paz. Ya no sentía temor de la noche y sus sombras, porque el satélite me protegía y estaba conmigo a todo momento.

En eso, me di vuelta, me paré y miré hacia el parque a los pies del edificio con curiosidad. Admiré a las personas que se retiraban ya de la plaza, a los transeúntes que recorrían las veredas grises y a la danza de luces rojas y doradas que se desplegaba en los alrededores. Era una hermosa noche de primavera.

Cantando Pink Floyd para pasar el rato, volví a tomar asiento. Suspiré, me apoyé contra la baranda alambrada de la amplia terraza y me dediqué a otear los contornos azules de la esfera nacarada, mientras simultáneamente echaba breves vistazos a la hora en mi celular. El tiempo trotaba entre lento y rápido y mi voz aspiraba a ser suave como la seda, sin pretensiones de  disturbar la calma.

Justo cuando finalizaba un verso de “Goodbye blue sky”, la puerta por la que había ingresado se abrió con un chirrido y salieron dos señoras y una nena de no más de ocho años. Automáticamente apagué mi canto. Me dijeron “buenas noches” con cortesía y me sonrieron, comentándome que también venían a contemplar el eclipse.
Hablaron del planetario, y de que allí se iba a realizar un show con telescopios y música para convocar gente para el inusual acontecimiento. Yo esa misma tarde había pasado por allí con un amigo y se estaba desarrollando una fiesta de las colectividades, detalle que no olvidé agregar a la animada conversación.

Y así prosiguió la charla por unos cuantos minutos, hasta que la abuela de la niña anunció que buscaría el mate para compartir con nosotras (la otra señora y yo). Al principio confieso que no había entendido si las señoras eran amigas, parientes, o si una era la empleadora de la otra. Y admito que sigo sin poseer dicho conocimiento.

En fin, mientras la traviesa piccolina correteaba persiguiendo a su nonna, yo me quedé a solas con la otra mujer.

Mantuvimos una plática que duró una buena media hora sobre nuestros orígenes, mascotas (me habló de su perro de unos doce años), parientes, y porque nunca falta, de la inseguridad generalizada del país en la actualidad (entre otros tópicos, puesto que también el extenso diálogo derivó en estudiantes de intercambio y multiculturalidad).

Finalmente se dignó a llamarme mi hermano por celular (yo estaba sin crédito para avisarle de mi visita a la terraza) y le comenté del evento en ciernes, e intenté persuadirlo de que se presentara fugazmente antes de perdérselo.

Al cortar la llamada, supuse que probablemente no vendría.

Al cabo de un lapso moderado de tiempo, sin embargo, hizo acto de presencia y saludó a la señora junto a mi, quien se hallaba documentando en el momento el espectáculo único de la sombra alimentándose de la luz blanca.

Yo creí por un instante que la niña y su abuela no serían cómplices de la irrepetible exhibición; no obstante, medio segundo más tarde, y probándome por segunda vez en la noche que estaba equivocada, reaparecieron con la madre de la nena caminándoles muy de cerca.

“Buenas noches”, saludé amablemente. La nonna de cabello corto y oscuro me sonrió, y sacando el termo de una bolsa de tela, me ofreció un mate.

He de aclarar para aquellos que no conocen esta cualidad mía, que no me gusta muchísimo el mate, y que sin embargo, jamás me vería capaz de negar a alguien tal simple gesto de gentileza.

Aquella señora no sólo me convidó de su mate en una actitud afable tan característica de Argentina, sino que además me compartió unas galletitas dulces que ese día había comprado, según me dijo, en San Telmo.

Mi hermano atendió una llamada, alejándose de la escena vecinal, y yo divisé a la gente apiñada en la terraza del edificio contiguo tomando fotografías del cielo.

Al prestar atención nuevamente a la Luna, me deslumbré por completo. El satélite estaba anaranjado y marrón, como las últimas hojas del otoño que caen de las copas de los árboles.
Era una rareza bellísima de contemplar.

Me emocioné y sentí que mi pecho se ensanchaba de felicidad; era una conexión con la naturaleza tan fuerte la que me atravesó, que no logré despegar mis ojos de la divinidad de los cuatro elementos: la brisa que nos envolvía a los seres humanos, el fuego del círculo previamente níveo, la tonalidad castaño tierra de se adhería al rojo, y el arroyuelo de emociones que fluía dentro de mi ser.

Y el secreto fue divulgado, y no me perteneció ni a mí ni a nadie, sino al éter.

Y floté, repleta de vida. Y ya no existí en mi soledad o individualismo, sino en la armonía silenciosa con lo insustancial.

El enlace no fue efímero, porque la sensación aún perdura en mí hasta el día de hoy, pero sí fui consciente otra vez del tiempo y el espacio, dimensiones de lo contrario tan relativas. Mi hermano se fue, la señora que debía alimentar al perro se retiró, y poco después, yo misma me despedí de la abuela, la madre y la niña, y me excusé, prometiendo llevar mate y bizcochitos dada la próxima ocasión.

Al día siguiente tenía que asistir a la facultad y me esperaba una congregación de platos sucios que atender.

Me dediqué a la tarea de fregar y enjuagar una vez de vuelta en el departamento, y por fin me recosté a dormir, sin evitar rememorar retazos de la noche irrepetible, la que en lugar de captar con la tecnología, convenía sentir en el momento.

domingo, 5 de julio de 2015

Le carrefour de la vague solitaire

El amor es como una ola; una fuerza acuática que se zambulle curiosa hacia lo desconocido, que se lanza de cabeza precipitándose al suelo arenoso; que rompe en la costa a la vez que una luz delinea su contorno con esplendor.

El amor es como una ola… poderosa, a veces calma, a veces furiosa. Que en lugar de cenizas deja espuma a su paso. Que con la tormenta se estremece impaciente.

Y me pregunto si un mar sin olas carece de amor.

Un mar, con su vasta inmensidad y sus misterios, sus tesoros ocultos en lo profundo, sus luciérnagas perdidas, merodeando en la oscuridad del fondo desprovisto de un linde limitativo.

¿Es que tal vez se ha cansado el mar de buscar sus olas?

Aquellas que en la rompiente se han debilitado y aprendieron a caer, solamente para recobrar su temple y alzarse de nuevo.

Desperdigando al alejarse ápices de maravillas enterradas en la orilla, aguardando a ser recogidas por algún viajero errante.

Y si fuera el amor como una ola, ¿acaso reuniría a los náufragos extraviados que intentaran vislumbrar un faro a lo lejos?




sábado, 20 de junio de 2015

Espera

Bajando unas escaleras, figura solitaria, paralizada en el tiempo, con un fondo de matices azules y rojos, pequeña en una pared se hallaba representada la imagen de una sombra corriendo.

Hacía tiempo que no se sentía tan sacudido por una ilustración y eso lo llevó de regreso a 1996, caminando a paso veloz para encontrarse con su amigo Matías en Calle Florida. Siendo cerca de las doce y media del mediodía y apurándose para que le fuera posible volver a las dos al trabajo.

En el transcurso vislumbró las petunias en las macetas, saludando al día desde el balcón de un desconocido, y al caniche color cappuccino de panza arriba bañándose al sol; atravesando Plaza San Martín sus ojos se detuvieron por un instante en el estilo Beaux- Arts del Palacio Paz, sede del Círculo Militar, en el portón de hierro y bronce y en las decoraciones de mármol que asemejaban un distante París de la belle époque.

Con pasos ahora entrecortados y distraídos dobló en Maipú, admirando con brevedad el Museo de Armas hasta tomar Marcelo T. de Alvear y finalmente cruzar a Florida. Avanzó y avanzó y alcanzó por fin su destino: el edificio de Harrods.

Al ingresar por las puertas de vidrio buscó a Matías, quien se suponía estaría aguardando en la entrada. Pasaron diez, quince minutos. Él vio su reloj, impaciente, cuestionándose el porqué de su tardanza.

Mientras tanto contempló las vidrieras para las señoras, la araña que colgaba luminosa del techo, los zapatos de la gente batallando para poder pasar, pisándose unos a otros, los tacones chocando contra el suelo, las puntas elevándose para a continuación apoyarse en el piso de pinotea.

Al cabo de otros quince minutos decidió que debía marcharse.

Al salir, el aire frío le enrojeció las mejillas y se acomodó la bufanda, abrochando por si acaso el último botón del abrigo a la altura del mentón.

Retomando hacia San Martín por Paraguay y luego Esmeralda evitando la multitud de Florida, fue cuando lo vio.

Su amigo estaba ahí, dos calles perpendiculares separando las respectivas veredas por donde se hallaba el restaurante-confitería Saint Moritz.

Matías sacudió la mano con una sonrisa desplegada en su rostro, todavía lo recuerda. Un pie detrás de otro, los anteojos colgando del puente de su nariz, las canas sobresalientes por alrededor de sus orejas, la coronilla desordenada por el viento, los guantes negros, el maletín, los ojos marrón glacé.

Aquellos ojos… aquél maletín. Y ese bocinazo sordo.

En menos de un segundo todo pereció. El maletín salió volando, abriéndose y los papeles dentro de éste lloviendo como hojas de otoño; los anteojos estallaron contra el asfalto, los ojos marrón glacé perdieron su luz para siempre.

Sin necesariamente un propósito, curiosamente realizando a la vez un movimiento inmóvil e inquieto; la persona está desplazándose, pero también permanece petrificada en el lugar.

Antes huía, y ahora sólo corre debido a que es lo único que aprendió realmente a hacer. Nadie sabe si está perdida, pero definitivamente algo oculta.

Pero tal vez y sólo tal vez, puede deducirse si se escudriña cautelosamente, que la sombra ya se ha cansado de escapar.

Matices azules y rojos de una sombra, contradictorios con la eterna espera que lo azotaba día y noche.


jueves, 18 de junio de 2015

Copos Grises (hecho narrado desde una perspectiva infantil)

Hacía frío.

Volvíamos en el auto desde Chile y dijeron algo de un volcán. Mamá estaba preocupada y papá decía malas palabras. Mi hermana dormía y yo por mi parte temblaba.

El viaje se hacía larguísimo. Nunca ningún viaje fue tan eterno, y eso que me había quedado dormido en muchos. Pero este fue interminable y no sé cómo pero no me pude dormir.

Cuando papá bajó la ventanilla después de un rato, un señor le habló de un camino por el que había que pasar. “Troten”* se llamaba creo… Pero fuimos ahí y nos mandaron a otro camino.

Papá ya no hablaba, mamá casi que lloraba y mi hermana seguía apoyada contra la ventana roncando.

Se estaba haciendo de noche y todavía no llegábamos a casa. Yo bostezaba y papá no quería prender el calor. El auto estaba helado.

Fuimos a un lugar a cargarle nafta al auto. Era un barrio en el medio de la nada y hubo un lío para pagar porque los chilenos tenían otra moneda, dijo papá. Después seguimos de largo.

En una el cielo se puso gris y llovía algo que no era agua. Tuve miedo; tanto miedo que me cayeron unas lágrimas por los cachetes. Pero no le conté a mi hermana cuando se despertó.

Cada tanto parábamos el auto porque papá no podía ver la ruta. Mamá dijo que pasamos por Neuquén. Ahí tratamos de pedirle a un gordo si no nos dejaba entrar en su cabaña y avisó que no había lugar.

Fue pasar todo el día adentro del auto. Y no nos podíamos bajar porque caía ceniza (eso me dijo mi hermana).

Mamá me explicó que era la una de la mañana cuando por fin volvimos a casa, y ella y papá probaron un vasito de algo que yo no puedo tomar. Me bañé para sacarme la piel de gallina y miré por la ventana. El cielo estaba gris oscuro, el lago no se veía y seguían lloviendo copos grises.


* Paso Tromen o Mamuil Malal.

(Texto acerca de la erupción del Volcán Puyehue en el 2011).


viernes, 15 de mayo de 2015

Venom

Los ojos celestes resaltaban por entre el enredo de rojos, naranjas y destellos dorados que enmarcaban la piel pálida de su rostro. Su pelo era un atardecer viviente, que se trasladaba de un recoveco a otro de la ciudad adonde lo llevara el cuerpo, movilizado a su vez por un skate.

Poesía de tinta adornaba sus brazos, largos y delgados. Una flor marchita colgaba de su hombro izquierdo, una llave y una frase se aferraban a su muñeca y un reloj rodeado de púas se mantenía afianzado a su corazón.

Ella zumbaba, flotaba a la velocidad de la luz recorriendo la avenida, acurrucada en la protección de la bicisenda, pero no por ello desacelerando.

Con unos auriculares negros asegurados a sus oídos escuchaba My Chemical Romance, repitiendo frases y haciendo eco y compañía a la voz de Gerard Way.

Justo en aquel mismísimo instante resonaba Helena con el volumen al máximo. ”Quiero volarme la cabeza”, ella pensó sonriendo de lado. Las ruedas golpeaban el pavimento al andar, las baldosas abriendo paso a la guardiana del enigma de los ojos celestes.

Parecía como si el tiempo se hubiera detenido y sólo se escucharan sus pensamientos.

No obstante, podríamos decir que la bóveda gris del asfalto se abrió con desmesurada rapidez, ganándose a otra víctima, esta vez personalizada en la forma de Constance.

Las luces la cegaron y por un minuto sintió un profundo dolor atravesar su cuerpo; millones de dagas perforando su torso, clavándose en su tersa piel.

Y de repente... nada. Las luces se apagaron y entre los párpados del fénix se ocultaron los ojos celestes.


lunes, 13 de abril de 2015

Anónima

Bajando unas escaleras, figura solitaria, paralizada en el tiempo, con un fondo de matices azules y rojos, pequeña en una pared se halla representada la imagen de una sombra corriendo.

Sin necesariamente un propósito, curiosamente realizando a la vez un movimiento inmóvil e inquieto; la persona está desplazándose, pero también permanece petrificada en el lugar.

Antes huía, y ahora sólo corre debido a que es lo único que aprendió realmente a hacer. Nadie sabe si está perdida, pero definitivamente algo oculta.

De cuando en cuando, algún individuo nota el mínimo boceto en la esquina inferior de una ilustración mayor, y sin embargo, en ocasiones ni éste mismo es consciente de su propia existencia.

Retazos de poemas inspira, y también miradas de resignación o empatía dudosa. Pero tal vez y sólo tal vez, puede deducirse si se escudriña cautelosamente, que la sombra ya se ha cansado de correr.


jueves, 15 de enero de 2015

Walking 19

En siete días cumplo 19 años. Mentira, en 6. Ya ni siquiera tengo interés por saber el calendario. Siempre es más fácil vivir en una dimensión de eterno presente y lejano futuro.

Me gusta mi propio nirvana.

Pero en fin; hora de volver a la realidad, que se empecina en abofetearnos en la cara.

19 años… y me siento muchísimo más vieja y usada.

Es tiempo de abandonar completamente la adolescencia. Adiós inmadurez, adiós infancia, adiós indecisión.

Es momento de deber, responsabilidades, adultez y aprendizaje tardío que tuvo ya suficiente demora al rehusarse a ser anteriormente incorporado.

Me niego a crecer, al igual que Peter Pan; y sin embargo tengo la sensación de haber transcurrido muchas vidas y adelantado miles y millones de ideas.

Superada y avivada…toda una mujer... o una niña jovial, pero de a momentos muy anciana y contradictoria.

Me temo que así concluye otro año sin acabar de hallarme a mi misma ni entender del todo mi psique. Sin experimentar soluciones, pero sí centenares de problemas y malestares.

Algunos lo llaman depresión, ansiedad, o hasta quizá bipolaridad o trastorno. Pero al conferirme cualquiera de estas etiquetas, estaría hablando sin saber. Porque la verdad es, que la psicología me aterra. Tengo miedo a mejorar, porque soy consciente de lo que ello significa: cambio. Cambio de personalidad, de identidad. No quiero perder todo lo nuevo que hallé en mí. No quiero analizarme. Y ya ni sé si realmente me interesa mejorar.

No quiero perderme. No otra vez.

Me agrada así; me gusta mi coma. Pero también lo odio. Especialmente por la soledad.

No quiero saber qué tengo, si bien sé que tengo algo. Sería la única explicación posible.

Hay veces que pienso que puedo sola, que mi propio análisis basta. Pero no sé de psicología, y no sabría darle nombre a mi padecimiento.

Tampoco cómo tratarlo. Pero ese es justamente el atractivo: el enigma. Porque quizá no quiero tratarlo.

Es simplemente lo que soy.

Y así… no me aterra cumplir 19 por pensar que me faltaron cosas por hacer. Nunca esa idea estuvo tan equivocada. No es por el hecho de que tema al futuro. No. Sino porque mi juventud se desvanece con el correr de los años. Y al mismo tiempo… entiendo que mi vida no tiene línea divisoria entre edades. Sé perfectamente que puedo morirme en cualquier instante, y francamente no me asusta demasiado, ya que estoy feliz con lo que logré, a sabiendas de que no fue inmenso.

Pero sí fue lo que quise y conseguí.

En fin: contradicciones y más contradicciones. Pero así me gusta.

Al principio de este texto tenía miedo de cumplir 19… y ahora sencillamente me causa hastío. Y es que el 18 es un número tan delicioso y exquisito. Tan… perfecto.

Al mejor estilo de Dorian Gray, me aferro a mi juventud e inocencia dudosas. Y sin embargo, jamás vendería mi alma para conservarlas. Eso nos diferencia. Y ciertamente, detesto las similitudes.

Sé que 19 no es nada, ni siquiera lo suficiente. Pero sí para mí en este momento en particular. Amaría poder quedarme solo así.

No ansío ya cambios. Tal vez sí voy a tratar de encariñarme más con las personas y prestarles mayor atención, pero no garantizo nada; no soy de fiar. Me agrada mi soledad.

O quizá no… no se confundan. Pero al menos no me caben dudas de que estoy destinada a estar sola, porque la vida es de uno, y a cada uno le toca afrontarla y vivirla por su cuenta. Las personas alrededor no son más que maniquíes y bufones.

Y tal vez… después de todo sí me gustan las tragedias. Y aún más protagonizar una.

Ya no me molesta cumplir 19. Que vengan, si se atreven.

Total… nada de esto es real. Y si lo es... tampoco importa ya.