Silencio. Como
una ráfaga permanente invade la habitación, se cuela por los rincones vacíos,
se aferra del suelo y trepa por las paredes.
Silencio.
Insoportable, sólo una sirena se oye a los lejos.
Recién ahora
soy capaz de despertarme con algo de sobriedad y la mente lo suficientemente en
frío.
Y lo recuerdo
todo con lujo de detalle.
Silencio. Me
dejaste sola y no volviste.
No puedo creer
que no hayas vuelto.
Lo único que
quería era que te quedaras conmigo y vos decidiste salir solo… y eso que pensé
que eras mi amigo.
Y tal vez me
equivoqué… y nunca vas a ser realmente mi amigo.
Te presioné,
por poco te digo que estaba enamorada y alcancé únicamente a pronunciar una
perorata de que me gustabas hace dos años. Por suerte me frenaste de antemano; porque no es cierto. Y sin embargo me molestaron las preguntas, el interrogatorio. ¿Para qué?; ¿es
realmente necesario que lo haya después de tanto tiempo de conocernos? Bueno…
para ser justos hay una brecha de por medio de casi un año.
Quizá es mi
culpa. ¿Quizá?
Siempre es mi
culpa, eso estuvo claro desde el principio. Pactado y firmado por ambas partes.
Y ahora ni
siquiera puedo llorar, pero una presión en el pecho me asfixia y tengo que
reacomodarme en la cama para sentarme de manera que no me moleste tanto.
Son las 6:17
a.m. Los pájaros cantaron afuera durante unos minutos y se detuvieron
súbitamente. ¿Se habrán detenido acaso cuando me enviaste ese mensaje de adiós?
El silencio es
tan denso, que presiento que me va a tragar entera.
Y un peso se
posa en mi garganta, en mi cuerpo, en mi corazón. Y no estás.
Te subiste a
un tren y partiste lejos para no volver.
Ya nunca vas a
volver. No después de ese intercambio de palabras.
Y si hay algo
que no voy a poder perdonarte es que no intentaste ni por un instante de
comprender mis sentimientos. Y eso que siempre te escuché cuando me relataste
cada uno de los tuyos. Al parecer sólo se nos da utilizar el Internet
impersonal y ausente para hablar. Tal vez y hasta encaja a la
perfección porque nuestra relación se caracteriza por ser de esa manera.
Primera vez
que visitaste el departamento y ya no anhelas retornar.
Perdón,
perdón, perdón, perdón, perdón, perdón. Lo repito como un mantra, porque
tampoco tengo el poder para detener tus acciones. No busco intentar que
regreses. Entiendo que tenés mente propia, pese a que me agrada ver en cuánto
nos parecemos.
… ¿Nos
parecemos realmente? Ya no me hallo del todo segura ante la afirmación.
Y desde esta
precisa noche puedo decir que el amor ya no anida en mi ser. Me quedé sin nada
por lo que conmoverme, pero demasiado en qué pensar.
Supongo que
siempre supe que no sentías lo mismo y no quise empujarte a decir nada. Hay mil y un formas de amar, y jamás pudimos entender ninguna. Si querías
partir era tu decisión. Y la tomaste. Y saliste igual y asististe a una fiesta
sin mi. Y bailaste probablemente con personas que no eran yo, y besaste los
labios de alguien más.
Y esta noche
yo ansiaba tanto un beso... Y no quisiste concedérmelo; un capricho que valió por otro capricho.
Y no puedo
soportar el vacío que me sobrevino con tu rechazo.
No te pedía un
beso porque en verdad continuara enamorada; no te pedía un beso porque quisiera
celosamente poseerte; necesitaba un beso porque estaba sola. Y continúo sola. Y
drenada de emoción alguna. Y en silencio.
Ansiaba por
primera vez en mi vida que alguien me protegiera, me acariciara el pelo, me
dijera que me tenía afecto. Y pese a que mencionaste otrora que siempre me
cuidarías estando mal, se confirmó esta noche mi teoría de que en definitiva no
lo harías. No te importo lo suficiente para que cambies tus formas. Y para ser
franca, no soy quién para requisar semejante blasfemia.
Si querer
olvidar es un sentimiento, entonces soy consciente de que éste infectó mi
cabeza.
Quisiera ser
menos impotente, tener más coraje, tener una dosis menor de ingenuidad cuando
me rodeás con tu risa.
En este
momento te diría mil cosas y no me sale decirte ninguna. Soy tan infantil y
asquerosamente predecible para mi misma.
Y puedo, sin
embargo, concebir el hecho de que no hayas vuelto. La huída estaba pintada en
tu semblante; coloreaba de tonalidades oscuras tu frente cuando fruncías el
ceño.
Tuve que
saberlo; saber que un buen día te ibas a cansar de pasar tiempo conmigo.
Pero no pensé
que iba a ser hoy.
No hoy.
No así.
Sos la única
persona que necesitaba. Cada vez que me derrumbaba te llamaba, esperando que
desde la otra línea sonara tu voz. Y nunca sucedió. Quizá jamás puede suceder.
Y sos a la
única persona a la que me gustaría abrazar en mi sueño. A la que desearía
agarrarme con fuerza, y recostaría mi cabeza en tu pecho a la vez que escucharía tus
latidos. Suena cliché, pero tengo de repente unas ganas aberrantes de hacerlo.
Y no me sorprende,
pero no va a poder ser. Y ahora más que nunca me agradaría un consuelo de mi
mamá.
No estoy
destrozada, pero sí rota.
La vida
finalmente me golpeó en la cara.
Y al
reflexionar sobre todo y nada, puedo llorar.
Pensar en mi mamá
me aflojó las lágrimas. Pensar en lo mucho que le oculto y en lo lejos que se
encuentra de mi.
Y me agradaría
dirigirme a la terraza a tomar aire fresco, pero me sentiría culpable de
compartir el viento sin estar en tu compañía.
¿Culpable? Qué
palabra fuerte.
Me preguntás
si dejaste tus llaves. Observo la mesa con pesadez. Lo único que dejaste atrás
fueron colillas de cigarrillos, alcohol y remordimientos. En síntesis, todo
aquello que fuiste capaz de otorgarme en su momento.
Y no te juzgo.
Pero siempre creí que me ibas a dejar algo más.
Mala mía por
ser una chiquilina en la mente de una adulta.
Lovesick…
homesick… just sick.
No nos hagamos
los formales con tantas etiquetas. Ni a mi me sale, y hay veces en que me creo
la Reina de Inglaterra.
Y por fin lo
que escribo no se contradice con quién soy. Es real, es espantosamente genuino
y desagradablemente denso.
A nadie le
gusta alguien dañado. A nadie le agrada una persona perjudicada.
Solía auto
convencerme de que la depresión tenía su tinte romántico, su lado hermoso. Pero
la verdad es que cansa y aturde a los demás de tal forma, que abandonan su
suerte mientras pueden.
Y cómo los
envidio. Y no los juzgo ni acuso por irse tampoco.
La realidad
es… que yo también me iría si pudiera;
desplegaría
unas bellas alas doradas y partiría de este mundo.
Wow. Cómo los
puntos aparte parecen tan lapidarios de repente. Como si ya fuera hora de pasar
a otra cosa.
Silencio,
silencio, silencio.
