Bajando unas escaleras, figura solitaria, paralizada en el tiempo, con
un fondo de matices azules y rojos, pequeña en una pared se hallaba
representada la imagen de una sombra corriendo.
Hacía tiempo que no se sentía tan sacudido por una ilustración y eso lo
llevó de regreso a 1996, caminando a paso veloz para encontrarse con su amigo
Matías en Calle Florida. Siendo cerca de las doce y media del mediodía y
apurándose para que le fuera posible volver a las dos al trabajo.
En el transcurso vislumbró las petunias en las macetas, saludando al día
desde el balcón de un desconocido, y al caniche color cappuccino de panza
arriba bañándose al sol; atravesando Plaza San Martín sus ojos se detuvieron
por un instante en el estilo Beaux- Arts del Palacio Paz, sede del Círculo
Militar, en el portón de hierro y bronce y en las decoraciones de mármol que
asemejaban un distante París de la belle
époque.
Con pasos ahora entrecortados y distraídos dobló en Maipú, admirando con
brevedad el Museo de Armas hasta tomar Marcelo T. de Alvear y finalmente cruzar
a Florida. Avanzó y avanzó y alcanzó por fin su destino: el edificio de Harrods.
Al ingresar por las puertas de vidrio buscó a Matías, quien se suponía
estaría aguardando en la entrada. Pasaron diez, quince minutos. Él vio su
reloj, impaciente, cuestionándose el porqué de su tardanza.
Mientras tanto contempló las vidrieras para las señoras, la araña que
colgaba luminosa del techo, los zapatos de la gente batallando para poder
pasar, pisándose unos a otros, los tacones chocando contra el suelo, las puntas
elevándose para a continuación apoyarse en el piso de pinotea.
Al cabo de otros quince minutos decidió que debía marcharse.
Al salir, el aire frío le enrojeció las mejillas y se acomodó la
bufanda, abrochando por si acaso el último botón del abrigo a la altura del
mentón.
Retomando hacia San Martín por Paraguay y luego Esmeralda evitando la
multitud de Florida, fue cuando lo vio.
Su amigo estaba ahí, dos calles perpendiculares separando las
respectivas veredas por donde se hallaba el restaurante-confitería Saint Moritz.
Matías sacudió la mano con una sonrisa desplegada en su rostro, todavía
lo recuerda. Un pie detrás de otro, los anteojos colgando del puente de su
nariz, las canas sobresalientes por alrededor de sus orejas, la coronilla
desordenada por el viento, los guantes negros, el maletín, los ojos marrón
glacé.
Aquellos ojos… aquél maletín. Y ese bocinazo sordo.
En menos de un segundo todo pereció. El maletín salió volando,
abriéndose y los papeles dentro de éste lloviendo como hojas de otoño; los
anteojos estallaron contra el asfalto, los ojos marrón glacé perdieron su luz
para siempre.
Sin necesariamente un propósito, curiosamente realizando a la vez un
movimiento inmóvil e inquieto; la persona está desplazándose, pero también
permanece petrificada en el lugar.
Antes huía, y ahora sólo corre debido a que es lo único que aprendió
realmente a hacer. Nadie sabe si está perdida, pero definitivamente algo
oculta.
Pero tal vez y sólo tal vez, puede deducirse si se escudriña
cautelosamente, que la sombra ya se ha cansado de escapar.
Matices azules y rojos de una sombra, contradictorios con la eterna
espera que lo azotaba día y noche.