lunes, 30 de mayo de 2016

Súplica

Ella sabía.
Ella sabía de su dolor, de su soledad, de sus múltiples máscaras.
Y eligió lastimar porque era fácil.
Optó por ocultar sus propias verdades portando un sutil y transparente antifaz;
Una estratagema que conllevaba el mentir haciendo uso de una verdad fragmentada;
Muy diferente de la manera en que sabía ella escondía su ser.

Porque conocía sus pesadillas, sus horrores, sus culpas, sus cicatrices;
Creía entender cada tanto alguno de sus silencios;
Había crecido escudriñando sus sombras, las cuales también se multiplicaban con el día a día.
La había observado sangrar, pretendiendo que no lograba mirar.

Ella sabía.
Y sin embargo calló.
No dijo nada por el temor de perderse a sí misma en el proceso.
No dijo nada por arrogancia, incluso por subestimar; pero jamás por falta de empatía.
Y su egoísmo no fue en vano;
En efecto: ella continúa viva.
Pero ¿el precio?
Una vida despedazada y los monstruos trepando por las paredes, llegando a anidar en los rincones.

En diversas ocasiones intentó auto convencerse de que la amaba con fervor;
Se prometió arrojarle un salvavidas, con la certeza de que no sería capaz de salvarla.
Y rompió su promesa demasiado pronto. Y tal vez no la amó lo suficiente.

Perdón.
Sé que te quiero.
Y por fin entiendo que no somos dos partes de lo mismo;
Comprendo, herida casi de muerte, que no hay ni habrá un nosotras.

Supongo que nuestra principal diferencia es que vos sos mejor persona.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Escepticismo

¿Por qué?

¿Por qué yo?

¿Por qué nosotros?

Despierto aturdida del sopor que me genera últimamente salir "a tomar algo" y me veo desde fuera de mi cuerpo apoyada cual pordiosera en tu pecho. Qué vergüenza.

Espero que no consideres impertinente que te diga que no me entiendo.

No, no es arrogancia. Es más bien la clara representación de un capricho.

Bueno... seamos claros; sí me entiendo, pero no me gusta tener que explicarme. 

Disculpame, pero no me gustás.

Todo fue una farsa.

Supongo que con el tiempo y desesperando de soledad, llegué a convencerme a tal punto de mi propia puesta en escena, que colmé mi rostro de mentiras y tu ingenuo corazón de ensoñaciones.

Pero si hay algo que me forcé a no mencionar, es que mi alma es en sí un témpano de hielo.

Mientras tanto, alguien llegaría a auto engañarse, creyendo que está entre mis posibilidades el develar la verdad, cuando está claro que la actuación resulta ser por demás convincente. Porque no es una mera actuación, sino un mecanismo de defensa interiorizado. 

Mas, dejame preguntarte, ¿quién tiene la verdad?; ¿qué es éste concepto sino la subjetividad de una identidad particular? considero que la cuestión es bien relativa.

Mira; no quiero destruir tu mundo, pero admito que es más fácil realizar dicha tarea que ver derrumbarse el mío ante las garras del oscuro cinismo y la sorna de la incredulidad.

Y es que soy una mendiga que mendiga por mendigar; a veces atada al destino final de jamás poder enamorarme; soy una gárgola, inamovible y portadora fiel de una mueca de espanto.

¿Sabés lo que tiene de bueno la depresión, entre otra de sus poquísimas cosas? que nunca nadie será capaz de arrebatársela a su dueño.

No quiero decir que es lo único que tengo, pero sí establecer que es a lo que siempre inevitablemente se vuelve; es una característica de mi personalidad. ¿Podrías culparme?; decime, ¿quién en este mundo no está traumado?; ¿quién en este mundo sale ileso de la vida?;

¿Acaso no somos marionetas del labor de la fuerza del azar?

Probablemente no. Nada me hizo, yo me hice.

Y alcanzamos así un momento intrincado, porque ya no me parece que esté en orden pedir disculpas por quién soy.

Repito; ¿podrías culparme?; ¿quién en su sano juicio requiere de una explicación del porqué suceden los hechos en la línea de tiempo del que es el trayecto emocional de una persona?; si bien cualquier curioso tratase de entender y asimilar un aura, ¿te pensás que se cuestionaría de manera continua la razón de su indagación? Tal vez sí. 

No obstante, uno no debe, bajo ninguna circunstancia, intentar cambiar o moldear a un ser, que se halla de por sí en constante devenir, para sus propios fines. 

Y sencillamente, no me apetece de momento el discutir los para qué de la transformación. 

¿Por qué?

¿Por qué yo?

¿Por qué nosotros?


¿Y por qué no? Si al fin y al cabo podríamos ser títeres del destino.

¿Podríamos?... exacto. Porque nada me hizo, yo me hice