"Si supiera lo que la vida te ofrece, supongo
que elegiría no nacer... pero no se puede elegir. Si conociera el dolor antes
de sentirlo, elegiría no nacer... pero no se puede elegir... Si no existiesen
quienes dicen que te aman, elegiría no nacer... pero están... Y son ellos
quienes instalan la esmeralda, y son éstos mismos por los que todavía
vivo...".
domingo, 28 de diciembre de 2014
sábado, 27 de diciembre de 2014
Mensaje Navideño
"... A veces es necesario creer para poder ver...".
Era Noche Buena y con los mayores distraíamos a los primos más pequeños para que los adultos colocaran los regalos en su lugar correspondiente bajo el árbol de navidad.
Dos de mis primos habían armado un globo de papel barrilete de
aproximadamente unos 1,25 de altura para llevar a cabo la tarea, y nos habíamos
dirigido hacia la entrada que daba a la calle.
El plan consistía entonces en hacer que el globo “alcanzara el trineo de
Papa Noel por los aires”, esperando que no se prendiera fuego por completo en
el intento.
Y así fue, que calzadas las primas con zapatos de tacón alto y ataviadas
de minifaldas y pantalones elegantes, se acercaron a contemplar el acto solemne
del despegue.
Decir que sublime fue la noche, es quedarse cortos. Todo funcionó a la perfección.
Definitivamente nos salió redonda.
En el mismísimo instante en que comenzábamos a darnos por vencido con el
ascenso hacia los renos, un grito provocó que se nos desorbitaran los ojos.
Lila o no sé quién había sido, había proferido tal alarido que mi tía
casi se cae al suelo. Yo aún sostenía una cuchara de postre en la mano, cuando
todos comenzaron a correr.
Una o dos cuadras más adelante se distinguía una figura roja y blanca;
un sujeto de grandes botas y larga barba, el cual sujetaba varias bolsas con
obsequios.
La más pequeña de los primos echó a andar como si en ello se le fuera el
alma. Mi tío la animaba y exclamaba “¡Agarralo!,¡Agarralo!”, mientras que mi
tía, es decir, su hermana, perseguía a la multitud de chicos desesperadamente,
preocupada de los autos.
Tacones iban movidos por una fuerza indescriptible, dando tumbos en la
acera y amenazando con quebrarse; algunos desgastados, desteñidos. La mayoría
eran rojos.
Finalmente el Papá Noel se retiró, no sin una cara de susto fija en su
rostro.
“¡Lo toqué!, ¡le toqué la mano!”, decía la menor extasiada.
Yo, al observar la felicidad y la inmensa sorpresa en su carita de
manzana, entendí por fin el verdadero significado de la navidad.
Ésta va mucho más allá de proveer alegría a los más chicos, o de que
disfruten de una buena comida o inclusive de la compañía familiar. La navidad
es uno de los primeros y más meticulosamente guardados recuerdos de un niño; es
aquél conjunto de noches al que se aferra de grande cuando busca memorias que
le hagan sonreír, que le hagan buscar un significado a su vida, de ser
necesario.
Por supuesto que no todos han pasado lindas navidades, o que tienen
quizá diferentes celebraciones, o que no acuerdan con la inmensa cantidad de
publicidad que conlleva el evento gracias a la multinacional Coca Cola y a
otras.
Pero dejando de lado lo superficial, las diferencias y los malestares,
por lo menos una persona tiene un recuerdo bello de esos días. Me refiero a los
que van del ocho al veinticinco de diciembre, para ser más precisos.
En fin; mi punto es que aunque sea algún individuo rememora con cariño
esas fechas.
Sé que no se pueden cargar los problemas del mundo en nuestros hombros;
mas si una persona, por más pequeña o indefensa, realiza una buena acción de
corazón en base al mensaje de la navidad, transfiere paz y amor a muchos. Ya se
trate de ayudar a los necesitados, a los enfermos, a los desamparados y
olvidados; a los ciegos o ancianos a cruzar una avenida repleta de gente
apurada y estresada; a un amigo con un problema; o, en el básico ejemplo, a
hacer que un niño crea en algo más allá de sí mismo con fervor, la navidad
unirá a los seres humanos.
Yo no entiendo demasiado de religión, o del nacimiento de Cristo, o de
la historia de Jesús. Pero sí comprendo lo que es tener fe en algo; el alcance
e impacto que tiene en nuestras vidas la creencia. Pues ésta nos genera
esperanza y hace más llevaderos los dolores.
Sin embargo, nunca estuve del todo segura de mi creencia. ¿En qué creo?
Podría decirse que en el alma; en la valentía, en la honestidad con uno mismo a
pesar de que se tiene al mundo en contra, en el ser.
Lo que quiero decir, es a esa fuerza que impulsa y motiva a los humanos,
esa energía abrasadora que nos conecta y nos hace uno.
Llámenle Dios, Alá, y tantos otros nombres.
Para mí, es la existencia. No la vida, ni la muerte. Sino la existencia
atemporal. La certeza de que en un momento determinado (o indeterminado
también, si se supone que el tiempo es en realidad una ilusión manifestada por
los seres vivos), se existió.
Ahora sí, volviendo al planteo original, si un adulto provee de fe o de
espiritualidad al niño; es decir, si le confiere esa esperanza y certeza de su
existencia, éste a su vez se la pasará a otros (cabiendo agregar, por supuesto,
con amor y respeto, sin intentar imponerla). Y eso es a lo que yo llamo un acto
de magia.
Quizá todavía no es tarde para personas como yo, quizá todavía hay
esperanza.
Sólo es una cuestión de creer.
domingo, 14 de diciembre de 2014
Los otros
Looking glass world
El cristal reluce en la penumbra, haciendo consciente a quien lo ve de
una realidad sub alterna. A través de este, los seres son extraños y están de
cabeza.
“¿Cómo serán sus vidas?”, es una de las más insistentes preguntas.
Un leve soplido da paso a un vendaval que estremece a las personas
paradas en sus manos, las cuales se hallaban revoloteando previamente por los
fríos senderos.
Una mancha de vapor produce conmoción y sobresalto. El rey de los seres
excéntricos, ataviado de un opulento y largo manto blanco, se acerca,
preocupado. En el momento en que procede a examinar la superficie cubierta de
vapor, otro soplido lo transporta al lado contrario del mundo.
“¿Cómo serán sus vidas?”, pasa a ser un mantra.
El cristal reluce pálido, a pesar de que alguien desde el rincón opuesto
encendió la luz.
Las personas ya no están de cabeza, pero ahora se ven exageradamente
escuálidas.
La delgada reina ayuda a su cónyuge a incorporarse, al tiempo que la
mancha de vapor se desvanece en el cristal.
¡Hay alguien del otro lado!, proclama
el conde con vehemencia.
Varios seres semejantes a un lápiz vuelven a estremecerse, y la condesa,
sirviéndose de un monóculo, observa con disgusto la pared congelada.
Pues no hay que permitirle el paso,
dice con una voz cruelmente solemne.
Los individuos comienzan una red de murmullos, que acaba haciendo eco en
la lejanía. En el transcurso de unos pocos segundos, ésta impacta contra la
pared contraria, regresando a su lugar de origen en el centro.
¡Silencio!, exclama la condesa agitadamente.
“¿Cómo serán sus vidas?”, repite la conciencia, desolada.
Si no se le permite el paso, entonces tampoco la vista, afirma el Rey, considerando sus palabras lógicamente dignas.
A la orden de su majestad, varios obreros-hormiga cargan con un pesado
balde de brea. Al encontrarse cara a cara con la pared de cristal, colocan el
balde en el suelo y, haciendo uso de pinceles y brochas, proceden a pintar la
superficie.
Luego de minutos y minutos, el trabajo está terminado. Del otro lado ya
no se admira el relumbrante cristal. Un manto negro cubre las delgadas paredes
y las personas ya no alcanzan a distinguirse. En el sitio opuesto, la luz
permanece encendida.
Sin embargo, logra oírse un llanto descontrolado procedente de un rincón
guarnecido por la penumbra; el aislamiento dando paso a una desesperación
compuesta por temblores y fuertes espasmos.
“¿Cómo serán sus vidas?”, aún alguien se cuestiona ingenuamente.
Un suspiro dramático escapa de unos labios, pero ya no se pega al espejo
congelado en forma de vapor.
La realidad alterna se desvanece y le es prohibida la entrada a quien intentara
contemplar el cristal.
sábado, 13 de diciembre de 2014
Paraguas
Ni el más profundo invierno se asemejaría al estrepitoso
clamor de las penas que aquejan el alma;
Esas que en algún momento del día golpean con fuerza,
dejando sin aire hasta al hombre de la más dura piedra. Aquí es donde los
párpados se tornan sensibles, las extremidades se debilitan, las pestañas ceden
y sirven de puente para las lágrimas salinas.
Se denota una adoración entonces a la tempestad y al
romanticismo melancólico de los paraguas, especialmente si el color de éstos
fuera al menos un ápice cercano a la gama de los violetas y azules.
Las gotas se deslizan surcando las mejillas, impulsadas por
la gravedad hacia el suelo. Afuera algunas repiquetean contra la ventana,
queriendo entrar en la habitación.
Cuesta levantarse, cuesta moverse. Ya casi no quedan fuerzas
ni para respirar. El corazón se estruja dentro del cuerpo y la garganta
enmudece de pronto al verse obstruida por un nudo de culpa y arrepentimiento.
A través del vidrio empañado por las lágrimas del cielo, se
observa a la gente caminar y al agua acumularse en los recovecos situados entre
medio de las baldosas. Una gran cantidad se arremolina al mismo tiempo en las
rendijas, cayendo de bruces hacia el oscuro abismo de la alcantarilla que
espera debajo.
Dentro de la habitación se extingue la luz a causa del
clima.
Pero las penas continúan golpeando con fuerza y la lluvia no
consigue lavarlas del alma.
¿Cómo desterrar a un dolor que se ha ido forjando con el
correr de los años y que ahora se halla tan arraigado al espíritu? Cada vez que
parecemos olvidarnos, éste tiende a arremeter violentamente; penetrando los
confines del corazón con una frase, una palabra, o una imagen distante y
un tanto nublada por la represión del recuerdo.
El olvido no dio resultado alguno y una vez más nos
encojemos, sintiéndonos pequeños, indefensos y a punto de desfallecer.
Qué hermosos se ven ahora los paraguas
desde las alturas; aquellos que de a momentos son violetas, y de a momentos son
grises cual tempestades.
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