viernes, 15 de mayo de 2015

Venom

Los ojos celestes resaltaban por entre el enredo de rojos, naranjas y destellos dorados que enmarcaban la piel pálida de su rostro. Su pelo era un atardecer viviente, que se trasladaba de un recoveco a otro de la ciudad adonde lo llevara el cuerpo, movilizado a su vez por un skate.

Poesía de tinta adornaba sus brazos, largos y delgados. Una flor marchita colgaba de su hombro izquierdo, una llave y una frase se aferraban a su muñeca y un reloj rodeado de púas se mantenía afianzado a su corazón.

Ella zumbaba, flotaba a la velocidad de la luz recorriendo la avenida, acurrucada en la protección de la bicisenda, pero no por ello desacelerando.

Con unos auriculares negros asegurados a sus oídos escuchaba My Chemical Romance, repitiendo frases y haciendo eco y compañía a la voz de Gerard Way.

Justo en aquel mismísimo instante resonaba Helena con el volumen al máximo. ”Quiero volarme la cabeza”, ella pensó sonriendo de lado. Las ruedas golpeaban el pavimento al andar, las baldosas abriendo paso a la guardiana del enigma de los ojos celestes.

Parecía como si el tiempo se hubiera detenido y sólo se escucharan sus pensamientos.

No obstante, podríamos decir que la bóveda gris del asfalto se abrió con desmesurada rapidez, ganándose a otra víctima, esta vez personalizada en la forma de Constance.

Las luces la cegaron y por un minuto sintió un profundo dolor atravesar su cuerpo; millones de dagas perforando su torso, clavándose en su tersa piel.

Y de repente... nada. Las luces se apagaron y entre los párpados del fénix se ocultaron los ojos celestes.