Los ojos celestes resaltaban por entre el enredo de rojos,
naranjas y destellos dorados que enmarcaban la piel pálida de su rostro. Su
pelo era un atardecer viviente, que se trasladaba de un recoveco a otro de la
ciudad adonde lo llevara el cuerpo, movilizado a su vez por un skate.
Poesía de tinta adornaba sus brazos, largos y delgados. Una
flor marchita colgaba de su hombro izquierdo, una llave y una frase se
aferraban a su muñeca y un reloj rodeado de púas se mantenía afianzado a su
corazón.
Ella zumbaba, flotaba a la velocidad de la luz recorriendo
la avenida, acurrucada en la protección de la bicisenda, pero no por ello
desacelerando.
Con unos auriculares negros asegurados a sus oídos escuchaba
My Chemical Romance, repitiendo frases y haciendo eco y compañía a la voz de
Gerard Way.
Justo en aquel mismísimo instante resonaba Helena con el volumen al máximo. ”Quiero
volarme la cabeza”, ella pensó sonriendo de lado. Las ruedas golpeaban el
pavimento al andar, las baldosas abriendo paso a la guardiana del enigma de los
ojos celestes.
Parecía como si el tiempo se hubiera detenido y sólo se
escucharan sus pensamientos.
No obstante, podríamos decir que la bóveda gris del asfalto
se abrió con desmesurada rapidez, ganándose a otra víctima, esta vez
personalizada en la forma de Constance.
Las luces la cegaron y por un minuto sintió un profundo
dolor atravesar su cuerpo; millones de dagas perforando su torso, clavándose en
su tersa piel.
Y de repente... nada. Las luces se apagaron y entre los
párpados del fénix se ocultaron los ojos celestes.