La lluvia es mi amparo y la armonía de las cosas simples mi mejor
paraguas. Doy pasos en puntitas de pie para que
la suela del zapato genere ecos en el agua de los charcos y me divierto con mi
yo de seis años.
Estoy en mi mundo, en el de los otros,
en mis otros yoes y en los yoes de los demás; estoy en el mundo. La niña me acompaña, pero también lo
hace la adulta; el universo es mutuo y de los caminos que llevamos recorridos.
No quiere tomarme de la mano el
viento, pero sí lo hace ella, al tiempo que saltamos un gran charco y el
barro cubre el dobladillo de ambos pantalones. Sus rodillas están manchadas
también, pero una sonrisa tironea de sus labios.
La lluvia nos envuelve y los truenos se oyen cubiertos por una sábana transparente.
Me dice que quiere quedarse y la
abrazo con mi corazón.
Salimos a tomar lluvia.
