domingo, 29 de noviembre de 2015

Caminos separados

Silencio. Como una ráfaga permanente invade la habitación, se cuela por los rincones vacíos, se aferra del suelo y trepa por las paredes.

Silencio. Insoportable, sólo una sirena se oye a los lejos.

Recién ahora soy capaz de despertarme con algo de sobriedad y la mente lo suficientemente en frío.

Y lo recuerdo todo con lujo de detalle.

Silencio. Me dejaste sola y no volviste.

No puedo creer que no hayas vuelto.

Lo único que quería era que te quedaras conmigo y vos decidiste salir solo… y eso que pensé que eras mi amigo.

Y tal vez me equivoqué… y nunca vas a ser realmente mi amigo.

Te presioné, por poco te digo que estaba enamorada y alcancé únicamente a pronunciar una perorata de que me gustabas hace dos años. Por suerte me frenaste de antemano; porque no es cierto. Y sin embargo me molestaron las preguntas, el interrogatorio. ¿Para qué?; ¿es realmente necesario que lo haya después de tanto tiempo de conocernos? Bueno… para ser justos hay una brecha de por medio de casi un año.

Quizá es mi culpa. ¿Quizá?

Siempre es mi culpa, eso estuvo claro desde el principio. Pactado y firmado por ambas partes.

Y ahora ni siquiera puedo llorar, pero una presión en el pecho me asfixia y tengo que reacomodarme en la cama para sentarme de manera que no me moleste tanto.

Son las 6:17 a.m. Los pájaros cantaron afuera durante unos minutos y se detuvieron súbitamente. ¿Se habrán detenido acaso cuando me enviaste ese mensaje de adiós?

El silencio es tan denso, que presiento que me va a tragar entera.

Y un peso se posa en mi garganta, en mi cuerpo, en mi corazón. Y no estás.

Te subiste a un tren y partiste lejos para no volver.

Ya nunca vas a volver. No después de ese intercambio de palabras.

Y si hay algo que no voy a poder perdonarte es que no intentaste ni por un instante de comprender mis sentimientos. Y eso que siempre te escuché cuando me relataste cada uno de los tuyos. Al parecer sólo se nos da utilizar el Internet impersonal y ausente para hablar. Tal vez y hasta encaja a la perfección porque nuestra relación se caracteriza por ser de esa manera.

Primera vez que visitaste el departamento y ya no anhelas retornar.

Perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón. Lo repito como un mantra, porque tampoco tengo el poder para detener tus acciones. No busco intentar que regreses. Entiendo que tenés mente propia, pese a que me agrada ver en cuánto nos parecemos.

… ¿Nos parecemos realmente? Ya no me hallo del todo segura ante la afirmación.

Y desde esta precisa noche puedo decir que el amor ya no anida en mi ser. Me quedé sin nada por lo que conmoverme, pero demasiado en qué pensar.

Supongo que siempre supe que no sentías lo mismo y no quise empujarte a decir nada. Hay mil y un formas de amar, y jamás pudimos entender ninguna. Si querías partir era tu decisión. Y la tomaste. Y saliste igual y asististe a una fiesta sin mi. Y bailaste probablemente con personas que no eran yo, y besaste los labios de alguien más.

Y esta noche yo ansiaba tanto un beso... Y no quisiste concedérmelo; un capricho que valió por otro capricho.

Y no puedo soportar el vacío que me sobrevino con tu rechazo.

No te pedía un beso porque en verdad continuara enamorada; no te pedía un beso porque quisiera celosamente poseerte; necesitaba un beso porque estaba sola. Y continúo sola. Y drenada de emoción alguna. Y en silencio.

Ansiaba por primera vez en mi vida que alguien me protegiera, me acariciara el pelo, me dijera que me tenía afecto. Y pese a que mencionaste otrora que siempre me cuidarías estando mal, se confirmó esta noche mi teoría de que en definitiva no lo harías. No te importo lo suficiente para que cambies tus formas. Y para ser franca, no soy quién para requisar semejante blasfemia.

Si querer olvidar es un sentimiento, entonces soy consciente de que éste infectó mi cabeza.

Quisiera ser menos impotente, tener más coraje, tener una dosis menor de ingenuidad cuando me rodeás con tu risa.

En este momento te diría mil cosas y no me sale decirte ninguna. Soy tan infantil y asquerosamente predecible para mi misma.

Y puedo, sin embargo, concebir el hecho de que no hayas vuelto. La huída estaba pintada en tu semblante; coloreaba de tonalidades oscuras tu frente cuando fruncías el ceño.

Tuve que saberlo; saber que un buen día te ibas a cansar de pasar tiempo conmigo.

Pero no pensé que iba a ser hoy.

No hoy.

No así.

Sos la única persona que necesitaba. Cada vez que me derrumbaba te llamaba, esperando que desde la otra línea sonara tu voz. Y nunca sucedió. Quizá jamás puede suceder.

Y sos a la única persona a la que me gustaría abrazar en mi sueño. A la que desearía agarrarme con fuerza, y recostaría mi cabeza en tu pecho a la vez que escucharía tus latidos. Suena cliché, pero tengo de repente unas ganas aberrantes de hacerlo.

Y no me sorprende, pero no va a poder ser. Y ahora más que nunca me agradaría un consuelo de mi mamá.

No estoy destrozada, pero sí rota.

La vida finalmente me golpeó en la cara.

Y al reflexionar sobre todo y nada, puedo llorar.

Pensar en mi mamá me aflojó las lágrimas. Pensar en lo mucho que le oculto y en lo lejos que se encuentra de mi.

Y me agradaría dirigirme a la terraza a tomar aire fresco, pero me sentiría culpable de compartir el viento sin estar en tu compañía.

¿Culpable? Qué palabra fuerte.

Me preguntás si dejaste tus llaves. Observo la mesa con pesadez. Lo único que dejaste atrás fueron colillas de cigarrillos, alcohol y remordimientos. En síntesis, todo aquello que fuiste capaz de otorgarme en su momento.

Y no te juzgo. Pero siempre creí que me ibas a dejar algo más.

Mala mía por ser una chiquilina en la mente de una adulta.

Lovesick… homesick… just sick.

No nos hagamos los formales con tantas etiquetas. Ni a mi me sale, y hay veces en que me creo la Reina de Inglaterra.

Y por fin lo que escribo no se contradice con quién soy. Es real, es espantosamente genuino y desagradablemente denso.

A nadie le gusta alguien dañado. A nadie le agrada una persona perjudicada.

Solía auto convencerme de que la depresión tenía su tinte romántico, su lado hermoso. Pero la verdad es que cansa y aturde a los demás de tal forma, que abandonan su suerte mientras pueden.

Y cómo los envidio. Y no los juzgo ni acuso por irse tampoco.

La realidad es… que yo también me iría si pudiera;

desplegaría unas bellas alas doradas y partiría de este mundo.

Wow. Cómo los puntos aparte parecen tan lapidarios de repente. Como si ya fuera hora de pasar a otra cosa.

Silencio, silencio, silencio.


lunes, 23 de noviembre de 2015

(Des) Preocupación

Me encantan los días en que no hay tiempo. Aquellos en los que uno se levanta y finge que son las diez de la mañana; los que uno atesora y guarda en el cajón de los objetos valiosos.

Me encantan los momentos en que no existen los relojes, ni los calendarios, ni nada en realidad. Sin horarios, sin reglas; sin tener a dónde ir ni nada que hacer en un futuro inmediato.

Me encantan las mesas de desayuno al mediodía, las camas sin hacer, los pelos alborotados, las colillas de cigarrillos en el cenicero de vidrio. Siempre me agradaron el olor del café a las once de la noche de un sábado, los platos sin lavar amontonados en la pileta por la tarde, sin que nadie se moleste en pasarles una esponja.

Me encantan las bañaderas para estrenar, las mantas del sanitario colgadas de la mampara, esperando a secarse; el calor que emana de un plato recién hecho de fideos listo para ser devorado a deshoras.

Me encantan los vasos de cerveza vacíos, bien temprano, cuando está amaneciendo; el esmalte corrido, la cara sin haber sido desmaquillada, con restos de rímel y rastros de un carmín dibujando el contorno de los labios;

Retazos de un poema borroneados en una servilleta-manuscrito que hizo las de boceto en manos de un escritor borracho.

Me encantan los días en que no siento la culpa de “perder el tiempo”, ni me deprimo al ver la bata azul celeste apoyada en el extremo de mi cama. Aquellos en los cuales no me siento mal por dejar que las horas corran, por permitir que se apile la vajilla, por olvidar estirar las sábanas.

Porque en esos días… en esos días soy real. Me entiendo verdadera y me admiro en todo mi esplendor humano. En esos días, estoy en paz con mis defectos y mis errores, y compartimos una taza de té junto con los aciertos y las virtudes.

En esos días puedo ser yo, verosímil. Sin apuro, sin prisa o cautela, sin precaución. No existe el tiempo, no se asimilan las normas, no me llaman por celular o ni remotamente considero atenderlo.

En esos días, curiosamente, al no haber conteo de los minutos, me siento plenamente consciente de que existo.