A veces me deshago como una embarcación de
papel asolada por las gruesas gotas de la lluvia.
Y en el instante en que contemplo indefensa cómo el
navío insignia de mi flota se acerca peligrosamente a un remolino, es que las
veo;
En el naufragio del barco, borroneadas
sobre el pergamino, sólo quedan palabras; tinta que se desvanece en lo que
tarda un suspiro en escapar de los labios de un enamorado irremediable.
Y sé de buena fuente que lo conocen bien. Aquél
poeta que no resiste dar su opinión frente a las más indebidas circunstancias;
estúpida máquina creadora de clichés que serán otorgados a la próxima
generación en formato de subterfugios.
Me estremezco ante la devastadora escena que me
devuelve la vista; las mayúsculas restantes se ahogan y los puntos no parece
que hubieran jamás aprendido a nadar. ¿Qué será, me pregunto yo, de aquellas
encantadoras líneas de diálogo?; ¿es que tampoco habrá un salvavidas para
ellas?
Qué espantosamente cruel escenario del destino.
Las otrora completas oraciones se desprenden del
material con un llanto desgarrador y del abismo incoloro sólo obtengo un
silencio; cargado de pesadez; solemne y despiadado silencio.
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