Dedos de hierro
se entrelazan con los míos; un gigante sombrío se posa en mi pecho y me asfixia
cual almohada estrujando un rostro.
Los recovecos
me observan y aúllan con un grito sordo, las paredes se achican y el pánico es
mucho más pesado que el aire que congela la habitación.
Se estremecen
las pupilas; la claustrofobia se aferra con garras de cazador al cabezal de la
cama.
Azrael me
susurra al oído “ya falta muy poco” y un escalofrío gélido trepa por mi espina
dorsal.
Es mi quimera
afable quien alimenta ahora los temores más profundos. Y las candilejas
oníricas las que tartamudean con el murmullo del viento mortífero.
Por favor,
piedad.
Un gusto
metálico usurpa la superficie de mi lengua y en mis oídos retumba mi corazón
desbocado. ¿O es lo que escucho la desesperación misma, que palpita en mis
venas?
“De la infancia
nadie sale ileso”. Cuánta verdad.
Se trata ahora de un baile de sombras.
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