Al límite… mi persona está con frecuencia caminando sobre una cuerda
floja. Él me habla.
– No te preocupes, a veces ellos tienen razón;
confiá en los susurros. Los fantasmas de madrugada saben del miedo, pero poco
les importa. Se arrastran aturdiendo al querido insomne; cual lúgubres sombras
se deslizan atravesándole el pecho y dejando tras de sí las migajas de los
recuerdos reprimidos. ¿Qué?, ¿no lo entendés todavía? Vos sos la presa y ellos,
con su aliento gélido, tienen hambre de luz. A todos nos toca asistir al
enfrentamiento.
– ¿Sabés qué? – exclamo, la voz desgarrando el
silencio y consiguiendo alzarse por sobre la impotencia que antes me
paralizaba. Él puede que sea el sobreviviente de esta farsa mía, pero no voy a
cohibirme si debo desafiarlo.
Pero, ¿puede en verdad producirse tal desafío? Soy consciente de que no,
si bien continúo luchando. No obstante, lo siento; el frío que cala los huesos
me acaricia la columna; mis ojos se abren como los capullos de las flores en
primavera y con una mirada furtiva recorro la habitación. Es demasiado tarde.
Ya están acá.
Y durante unos instantes predomina el silencio.
Aprieto los labios y mis pupilas se expanden a causa del temor.
El arlequín me escudriña, expectante; su aspecto es jovial y burlón, su
camisa a rombos se pega por el sudor a su figura esbelta. ¿Por qué se niega ella a aceptar la concurrencia? Parece
preguntarse con sorna; ¿es que prefiere
acaso la soledad?; ¿no comprende que a nadie le interesa una llama tenue?
– A nadie…
– murmuro abatida, la voz apenas audible. Los párpados me resultan
pesados, así que los cierro. Mi cuerpo cesa de luchar.
– ¿Ya terminaste? – cuestiona el arlequín.
Sí. A veces la derrota no es el equivalente del fracaso; a veces…
sencillamente se sabe en un parpadeo si la batalla está perdida.
Y él es yo y yo soy él; dos voces trastornadas que se disputan en
cautiverio, e intentan acallar a las otras.
Pero al fin y al cabo, la cuestión se reduce a rendirse o morir.
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