Cómo me gusta perderme entre casas antiguas
y plazas que nadie realmente ve. Lugares que la gente pasa de largo al
restarles importancia. Una aldaba, una ventana, una terraza, un parquet.
Árboles aquí y allá; ladrillos y cemento, conviviendo con guirnaldas
entretejidas de una enredadera verde. El sol que se refleja en las hojas; la
armonía de un sitio que no tiene apuro, que no va a ningún lado y que a la
vez está en todos nosotros.
Eso es por lo cual cada día me enamoro más de esta gran ciudad: un retazo de vida
en un monstruo de edificios. Una esperanza de que la ciudad no está por
completo abandonada al capitalismo moderno; un ápice de poesía en un suelo de
concreto.
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