sábado, 20 de junio de 2015

Espera

Bajando unas escaleras, figura solitaria, paralizada en el tiempo, con un fondo de matices azules y rojos, pequeña en una pared se hallaba representada la imagen de una sombra corriendo.

Hacía tiempo que no se sentía tan sacudido por una ilustración y eso lo llevó de regreso a 1996, caminando a paso veloz para encontrarse con su amigo Matías en Calle Florida. Siendo cerca de las doce y media del mediodía y apurándose para que le fuera posible volver a las dos al trabajo.

En el transcurso vislumbró las petunias en las macetas, saludando al día desde el balcón de un desconocido, y al caniche color cappuccino de panza arriba bañándose al sol; atravesando Plaza San Martín sus ojos se detuvieron por un instante en el estilo Beaux- Arts del Palacio Paz, sede del Círculo Militar, en el portón de hierro y bronce y en las decoraciones de mármol que asemejaban un distante París de la belle époque.

Con pasos ahora entrecortados y distraídos dobló en Maipú, admirando con brevedad el Museo de Armas hasta tomar Marcelo T. de Alvear y finalmente cruzar a Florida. Avanzó y avanzó y alcanzó por fin su destino: el edificio de Harrods.

Al ingresar por las puertas de vidrio buscó a Matías, quien se suponía estaría aguardando en la entrada. Pasaron diez, quince minutos. Él vio su reloj, impaciente, cuestionándose el porqué de su tardanza.

Mientras tanto contempló las vidrieras para las señoras, la araña que colgaba luminosa del techo, los zapatos de la gente batallando para poder pasar, pisándose unos a otros, los tacones chocando contra el suelo, las puntas elevándose para a continuación apoyarse en el piso de pinotea.

Al cabo de otros quince minutos decidió que debía marcharse.

Al salir, el aire frío le enrojeció las mejillas y se acomodó la bufanda, abrochando por si acaso el último botón del abrigo a la altura del mentón.

Retomando hacia San Martín por Paraguay y luego Esmeralda evitando la multitud de Florida, fue cuando lo vio.

Su amigo estaba ahí, dos calles perpendiculares separando las respectivas veredas por donde se hallaba el restaurante-confitería Saint Moritz.

Matías sacudió la mano con una sonrisa desplegada en su rostro, todavía lo recuerda. Un pie detrás de otro, los anteojos colgando del puente de su nariz, las canas sobresalientes por alrededor de sus orejas, la coronilla desordenada por el viento, los guantes negros, el maletín, los ojos marrón glacé.

Aquellos ojos… aquél maletín. Y ese bocinazo sordo.

En menos de un segundo todo pereció. El maletín salió volando, abriéndose y los papeles dentro de éste lloviendo como hojas de otoño; los anteojos estallaron contra el asfalto, los ojos marrón glacé perdieron su luz para siempre.

Sin necesariamente un propósito, curiosamente realizando a la vez un movimiento inmóvil e inquieto; la persona está desplazándose, pero también permanece petrificada en el lugar.

Antes huía, y ahora sólo corre debido a que es lo único que aprendió realmente a hacer. Nadie sabe si está perdida, pero definitivamente algo oculta.

Pero tal vez y sólo tal vez, puede deducirse si se escudriña cautelosamente, que la sombra ya se ha cansado de escapar.

Matices azules y rojos de una sombra, contradictorios con la eterna espera que lo azotaba día y noche.


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