Hacía frío.
Volvíamos en el auto desde Chile y dijeron algo de un
volcán. Mamá estaba preocupada y papá decía malas palabras. Mi hermana dormía y
yo por mi parte temblaba.
El viaje se hacía larguísimo. Nunca ningún viaje fue tan
eterno, y eso que me había quedado dormido en muchos. Pero este fue
interminable y no sé cómo pero no me pude dormir.
Cuando papá bajó la ventanilla después de un rato, un señor
le habló de un camino por el que había que pasar. “Troten”* se llamaba creo…
Pero fuimos ahí y nos mandaron a otro camino.
Papá ya no hablaba, mamá casi que lloraba y mi hermana
seguía apoyada contra la ventana roncando.
Se estaba haciendo de noche y todavía no llegábamos a casa.
Yo bostezaba y papá no quería prender el calor. El auto estaba
helado.
Fuimos a un lugar a cargarle nafta al auto. Era un barrio en
el medio de la nada y hubo un lío para pagar porque los chilenos tenían otra
moneda, dijo papá. Después seguimos de largo.
En una el cielo se puso gris y llovía algo que no era agua.
Tuve miedo; tanto miedo que me cayeron unas lágrimas por los cachetes. Pero no
le conté a mi hermana cuando se despertó.
Cada tanto parábamos el auto porque papá no podía ver la
ruta. Mamá dijo que pasamos por Neuquén. Ahí tratamos de pedirle a un gordo si
no nos dejaba entrar en su cabaña y avisó que no había lugar.
Fue pasar todo el día adentro del auto. Y no nos podíamos
bajar porque caía ceniza (eso me dijo mi hermana).
Mamá me explicó que era la una de la mañana cuando por fin
volvimos a casa, y ella y papá probaron un vasito de algo que yo no puedo
tomar. Me bañé para sacarme la piel de gallina y miré por la ventana. El cielo
estaba gris oscuro, el lago no se veía y seguían lloviendo copos grises.
* Paso Tromen o Mamuil Malal.
(Texto acerca de la erupción del Volcán Puyehue en el 2011).
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