jueves, 3 de marzo de 2016

Aleteos

Sacudiéndose polvo de estrellas, se me acercaba con los bolsillos repletos de mariposas. Tenía el cabello enmarañado y portaba una sonrisa cómplice; sus mejillas estaban sonrosadas y arrastraba sus pies por el sendero, dejando a su paso un fino halo de plata.

Extraviada como estaba en su nirvana, había trepado por los árboles y pescado con sus manos un caballito de mar en una calesita. He de decir que era tal la forma en que me deslumbraba, que me sentía en un oasis índigo traído a mi por la melodía cantada por las sirenas de Neptuno, guardianas de la entrada al océano.

Sus iris brillaban con intensidad y las negras pupilas revelaban ventanas al pasado, nostálgicas; del rabillo de sus ojos parecía asomar un cuento.

Era una golondrina y yo un cuervo que escudriñaba con curiosidad su esplendor.

Esos minutos se evaporaban y éramos al fin testigos del atardecer.

Ahora lo sabía. Habíamos despertado en primavera.

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