¿Por qué?
¿Por qué yo?
¿Por qué nosotros?
Despierto
aturdida del sopor que me genera últimamente salir "a tomar algo" y
me veo desde fuera de mi cuerpo apoyada cual pordiosera en tu pecho.
Qué vergüenza.
Espero
que no consideres impertinente que te diga que no me entiendo.
No,
no es arrogancia. Es más bien la clara representación de un capricho.
Bueno... seamos claros; sí me entiendo, pero no me gusta tener que explicarme.
Disculpame,
pero no me gustás.
Todo
fue una farsa.
Supongo
que con el tiempo y desesperando de soledad, llegué a convencerme a tal punto
de mi propia puesta en escena, que colmé mi rostro de mentiras y tu ingenuo
corazón de ensoñaciones.
Pero
si hay algo que me forcé a no mencionar, es que mi alma es en sí un témpano de
hielo.
Mientras tanto, alguien llegaría a auto engañarse, creyendo que está entre mis
posibilidades el develar la verdad, cuando está claro que la actuación resulta ser por demás convincente. Porque no es una mera actuación, sino un mecanismo de defensa interiorizado.
Mas,
dejame preguntarte, ¿quién tiene la verdad?; ¿qué es éste concepto sino la
subjetividad de una identidad particular? considero que la cuestión es bien
relativa.
Mira;
no quiero destruir tu mundo, pero admito que es más fácil realizar dicha tarea
que ver derrumbarse el mío ante las garras del oscuro cinismo y la sorna de la
incredulidad.
Y
es que soy una mendiga que mendiga por mendigar; a veces atada al destino final
de jamás poder enamorarme; soy una gárgola, inamovible y portadora fiel de una
mueca de espanto.
¿Sabés
lo que tiene de bueno la depresión, entre otra de sus poquísimas cosas? que
nunca nadie será capaz de arrebatársela a su dueño.
No
quiero decir que es lo único que tengo, pero sí establecer que es a lo que
siempre inevitablemente se vuelve; es una característica de mi personalidad.
¿Podrías culparme?; decime, ¿quién en este mundo no está traumado?; ¿quién en
este mundo sale ileso de la vida?;
¿Acaso
no somos marionetas del labor de la fuerza del azar?
Probablemente
no. Nada me hizo, yo me hice.
Y
alcanzamos así un momento intrincado, porque ya no me parece que esté en orden
pedir disculpas por quién soy.
Repito;
¿podrías culparme?; ¿quién en su sano juicio requiere de una explicación del
porqué suceden los hechos en la línea de tiempo del que es el trayecto
emocional de una persona?; si bien cualquier curioso tratase de entender y
asimilar un aura, ¿te pensás que se cuestionaría de manera continua la razón de
su indagación? Tal vez sí.
No
obstante, uno no debe, bajo ninguna circunstancia, intentar cambiar o moldear a
un ser, que se halla de por sí en constante devenir, para sus propios
fines.
Y
sencillamente, no me apetece de momento el discutir los para qué de la
transformación.
¿Por
qué?
¿Por qué yo?
¿Por qué nosotros?
¿Y
por qué no? Si al fin y al cabo podríamos ser títeres del destino.
¿Podríamos?...
exacto. Porque nada me hizo,
yo me hice.
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