Buenos Aires... soy consciente de que la ciudad comienza a
interesarme por otras razones.
Quizá no nos estamos percatando del lado urbano del asunto;
¿acaso es erróneo permitirse ser menos ecologistas por un instante?
Ansiar el caos para distraernos de la mente y reemplazar
ciertos problemas por otros. Ya no buscar la perfección del retazo poético en
el mundo financiero y capital, sino adueñarnos del consumismo y sus supuestos
beneficios.
Supongo que jamás admiré la belleza que puede tener la 9 de
julio repleta de gente un jueves al mediodía. Personas esperando el 59 y
turistas echando ojeadas al Colón. Carteles y millones de carteles. Obras en
construcción, librerías, teatros por doquier en Corrientes.
Y a lo lejos, un espejismo. Silueta de una belleza cegadora
y ojos resplandecientes. Rizos dorados cual sortijas de casamiento y orbes
azules delineados de negro.
Creo que uno jamás contempla estos detalles hasta que no
termina un primer cuatrimestre de universidad o un largo mes laboral. Nos
hallamos en un limbo de preocupaciones e ignoramos las verdaderas causas para
no observar a nuestro alrededor.
Omitimos la pregunta del porqué y nos excusamos con puntos
irrelevantes e hipótesis que evitan la cuestión a responder.
Nos distraemos del particular para persuadirnos del propio
razonamiento inválido.
Pero a fin de cuentas, todo se resume nuevamente a si
compramos o no. A si preferimos engañarnos yendo a la plaza o a si nos rendimos
a la realidad esclavizante de la economía.
¿Vale la pena seguir luchando por un contradictorio paisaje
verde cuando inconscientemente el caos de nuestra cabeza y el
característico espíritu autodestructivo se traducen a la sociedad actual? No lo
sé.
Por lo pronto me dirijo a Chacarita a tomarme el Urquiza y
después quizá que visite el parque. Pero sólo tal vez.
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