miércoles, 2 de julio de 2014

Desencuentro

Esperé y esperé. Diez, quince, veinte minutos. Nunca apareciste.

Me quedé sola con la sensación de tal vez haber visualizado tu silueta alejándose a dos cuadras. Traté de identificar la figura, pero no me atreví a seguirla.

Y la duda siempre va a acompañarme. Si eras vos o si se trataba de un extraño.

Mi vida se resumió a aquel instante de nervios y sueños rotos; incertidumbre y apenas una mínima esperanza de que te presentaras.

Personas pasaban de largo encapuchadas y abrigadas por el frío; miradas ausentes y semblantes sombríos. Qué diferente y singular es la gente de esta ciudad. El estrés se percibe menos que en otras zonas urbanas; no hay nadie echando ojeadas al reloj pasados los tres minutos.

Y sin embargo, yo moría por dentro luego de milésimas de segundos. Ni rastro de tus mechones rubios o de tus famosos buzos.

Nada. Ni en diez, quince o veinte minutos.


Esperé y esperé y no estabas. Simplemente te habías ido.

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