Esperé y esperé. Diez, quince, veinte minutos. Nunca
apareciste.
Me quedé sola con la sensación de tal vez haber visualizado tu silueta alejándose a dos cuadras. Traté de identificar la figura, pero no me atreví a seguirla.
Y la duda siempre va a acompañarme. Si eras vos o si se trataba de un extraño.
Mi vida se resumió a aquel instante de nervios y sueños rotos; incertidumbre y apenas una mínima esperanza de que te presentaras.
Personas pasaban de largo encapuchadas y abrigadas por el frío; miradas ausentes y semblantes sombríos. Qué diferente y singular es la gente de esta ciudad. El estrés se percibe menos que en otras zonas urbanas; no hay nadie echando ojeadas al reloj pasados los tres minutos.
Y sin embargo, yo moría por dentro luego de milésimas de segundos. Ni rastro de tus mechones rubios o de tus famosos buzos.
Nada. Ni en diez, quince o veinte minutos.
Esperé y esperé y no estabas. Simplemente te habías ido.
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