(Escrito el 18 de julio de 2014. Dedicado a una persona y a una únicamente)
Predecible. Desesperantemente predecible. Incluso tan predecible que ya no alcanza a decepcionar.
A veces tengo la estúpida esperanza del cambio; de que una persona puede lograr ser diferente a lo que viene siendo si se lo propone. O tal vez mi empeño por ver lo bueno de alguien y tenerle fe, creer en sus capacidades y en el humano detrás de la máscara, me lleva a desilusionarme con facilidad.
Y nuevamente confié. Otra vez te creí ,y otra vez me fallaste.
Mentiras y más mentiras.
Un individuo no puede ser la mejor versión de sí mismo, porque el simple hecho es una utopía. Como ser humano, la persona es de naturaleza masoquista, y sólo deja entrever lo peor de sí; lo más salvaje y ordinario, espectacularmente banal.
Jamás se propone cambiar, porque cree en el fondo no ser merecedor de la transformación, o bien, elige el camino más fácil y corto, evitándose el engorro del esfuerzo.
Quizá hay personas que directamente no nos convienen, porque no valoran lo que hacemos por ellas y la cantidad de tiempo y consideración que les dedicamos. Sólo nos atrae la idea de ayudarlas a levantarse y reunir el suficiente coraje para mostrar su verdadera personalidad y relucientes deseos. Pero a fin de cuentas, no paramos de engañarnos a nosotros mismos, y volvemos a caer en la decepción. Una, dos, y hasta mil veces más. Las veces que se requiera.
Las personas no cambian, y la esperanza en ello es apenas y una excusa para escapar de las propias caretas impuestas en el día a día.
Por eso... cuando un individuo se convierte en predecible... es hora de admitir que no nos conviene, y ya no esperar nada de él o ella.
Por fin, es tiempo de dejarle ir.
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