Y así nos encontramos viajando en el colectivo; estrujando
el corazón con la palma de la mano, repletos de la vaga sensación de estar
flotando. Perdidos, todos estamos perdidos.
El miedo nos persigue y parece nunca detenerse. Un
sentimiento de asfixia colma los sentidos, al mismo tiempo que a través de la
ventana se ve como cae la lluvia.
Ruidos y más ruidos se escuchan alrededor, sin saber con
precisión de qué tratan. La ventana comienza a nublarse y nos sentimos
envejecer muchos años.
La cabeza grita sin gritar, el eco distorsionando la empatía.
Siendo el único ápice de salvación una melodía de Pink
Floyd, la dejamos resonar en la cabeza. Reproduciendo mentalmente The Wall, nos
aferramos a aquella cordura lejana.
Afuera no para la tempestad.
Y ahora estamos mojados, enfermos, aturdidos.
El estrés convulsiona los razonamientos y el espíritu parece
exclamar con hastío e irritación un “¡basta!”.
De la fuerza con la que lo asimos en la mano, el corazón se
inclina a estallar.
Ya no hay empatía, no hay razonamiento, no hay una emoción
de estar flotando; ni siquiera hay niebla.
Aturdidos, bajamos del colectivo. Y
extremadamente mojados y enfermos nos hundimos en el miedo que a veces trae la
lluvia. Es la paranoia silenciosa de un alma próximamente distópica; la pesadez
de una ciudad que nunca duerme, el yugo de los ingenuos.
Estamos perdidos, todos perdidos.
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