Ni el más profundo invierno se asemejaría al estrepitoso
clamor de las penas que aquejan el alma;
Esas que en algún momento del día golpean con fuerza,
dejando sin aire hasta al hombre de la más dura piedra. Aquí es donde los
párpados se tornan sensibles, las extremidades se debilitan, las pestañas ceden
y sirven de puente para las lágrimas salinas.
Se denota una adoración entonces a la tempestad y al
romanticismo melancólico de los paraguas, especialmente si el color de éstos
fuera al menos un ápice cercano a la gama de los violetas y azules.
Las gotas se deslizan surcando las mejillas, impulsadas por
la gravedad hacia el suelo. Afuera algunas repiquetean contra la ventana,
queriendo entrar en la habitación.
Cuesta levantarse, cuesta moverse. Ya casi no quedan fuerzas
ni para respirar. El corazón se estruja dentro del cuerpo y la garganta
enmudece de pronto al verse obstruida por un nudo de culpa y arrepentimiento.
A través del vidrio empañado por las lágrimas del cielo, se
observa a la gente caminar y al agua acumularse en los recovecos situados entre
medio de las baldosas. Una gran cantidad se arremolina al mismo tiempo en las
rendijas, cayendo de bruces hacia el oscuro abismo de la alcantarilla que
espera debajo.
Dentro de la habitación se extingue la luz a causa del
clima.
Pero las penas continúan golpeando con fuerza y la lluvia no
consigue lavarlas del alma.
¿Cómo desterrar a un dolor que se ha ido forjando con el
correr de los años y que ahora se halla tan arraigado al espíritu? Cada vez que
parecemos olvidarnos, éste tiende a arremeter violentamente; penetrando los
confines del corazón con una frase, una palabra, o una imagen distante y
un tanto nublada por la represión del recuerdo.
El olvido no dio resultado alguno y una vez más nos
encojemos, sintiéndonos pequeños, indefensos y a punto de desfallecer.
Qué hermosos se ven ahora los paraguas
desde las alturas; aquellos que de a momentos son violetas, y de a momentos son
grises cual tempestades.
No hay comentarios:
Publicar un comentario