domingo, 14 de diciembre de 2014

Los otros

Looking glass world

El cristal reluce en la penumbra, haciendo consciente a quien lo ve de una realidad sub alterna. A través de este, los seres son extraños y están de cabeza.

“¿Cómo serán sus vidas?”, es una de las más insistentes preguntas.

Un leve soplido da paso a un vendaval que estremece a las personas paradas en sus manos, las cuales se hallaban revoloteando previamente por los fríos senderos.

Una mancha de vapor produce conmoción y sobresalto. El rey de los seres excéntricos, ataviado de un opulento y largo manto blanco, se acerca, preocupado. En el momento en que procede a examinar la superficie cubierta de vapor, otro soplido lo transporta al lado contrario del mundo.

“¿Cómo serán sus vidas?”, pasa a ser un mantra.

El cristal reluce pálido, a pesar de que alguien desde el rincón opuesto encendió la luz.

Las personas ya no están de cabeza, pero ahora se ven exageradamente escuálidas.

La delgada reina ayuda a su cónyuge a incorporarse, al tiempo que la mancha de vapor se desvanece en el cristal.

¡Hay alguien del otro lado!, proclama el conde con vehemencia.

Varios seres semejantes a un lápiz vuelven a estremecerse, y la condesa, sirviéndose de un monóculo, observa con disgusto la pared congelada.

Pues no hay que permitirle el paso, dice con una voz cruelmente solemne.

Los individuos comienzan una red de murmullos, que acaba haciendo eco en la lejanía. En el transcurso de unos pocos segundos, ésta impacta contra la pared contraria, regresando a su lugar de origen en el centro.

¡Silencio!, exclama la condesa agitadamente.

“¿Cómo serán sus vidas?”, repite la conciencia, desolada.

Si no se le permite el paso, entonces tampoco la vista, afirma el Rey, considerando sus palabras lógicamente dignas.

A la orden de su majestad, varios obreros-hormiga cargan con un pesado balde de brea. Al encontrarse cara a cara con la pared de cristal, colocan el balde en el suelo y, haciendo uso de pinceles y brochas, proceden a pintar la superficie.

Luego de minutos y minutos, el trabajo está terminado. Del otro lado ya no se admira el relumbrante cristal. Un manto negro cubre las delgadas paredes y las personas ya no alcanzan a distinguirse. En el sitio opuesto, la luz permanece encendida.

Sin embargo, logra oírse un llanto descontrolado procedente de un rincón guarnecido por la penumbra; el aislamiento dando paso a una desesperación compuesta por temblores y fuertes espasmos.

“¿Cómo serán sus vidas?”, aún alguien se cuestiona ingenuamente.

Un suspiro dramático escapa de unos labios, pero ya no se pega al espejo congelado en forma de vapor.


La realidad alterna se desvanece y le es prohibida la entrada a quien intentara contemplar el cristal.


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