sábado, 27 de diciembre de 2014

Mensaje Navideño

"... A veces es necesario creer para poder ver...".

Era Noche Buena y con los mayores distraíamos a los primos más pequeños para que los adultos colocaran los regalos en su lugar correspondiente bajo el árbol de navidad.

Dos de mis primos habían armado un globo de papel barrilete de aproximadamente unos 1,25 de altura para llevar a cabo la tarea, y nos habíamos dirigido hacia la entrada que daba a la calle.

El plan consistía entonces en hacer que el globo “alcanzara el trineo de Papa Noel por los aires”, esperando que no se prendiera fuego por completo en el intento.

Y así fue, que calzadas las primas con zapatos de tacón alto y ataviadas de minifaldas y pantalones elegantes, se acercaron a contemplar el acto solemne del despegue.

Decir que sublime fue la noche, es quedarse cortos. Todo funcionó a la perfección. Definitivamente nos salió redonda.

En el mismísimo instante en que comenzábamos a darnos por vencido con el ascenso hacia los renos, un grito provocó que se nos desorbitaran los ojos.

Lila o no sé quién había sido, había proferido tal alarido que mi tía casi se cae al suelo. Yo aún sostenía una cuchara de postre en la mano, cuando todos comenzaron a correr.

Una o dos cuadras más adelante se distinguía una figura roja y blanca; un sujeto de grandes botas y larga barba, el cual sujetaba varias bolsas con obsequios.

La más pequeña de los primos echó a andar como si en ello se le fuera el alma. Mi tío la animaba y exclamaba “¡Agarralo!,¡Agarralo!”, mientras que mi tía, es decir, su hermana, perseguía a la multitud de chicos desesperadamente, preocupada de los autos.

Tacones iban movidos por una fuerza indescriptible, dando tumbos en la acera y amenazando con quebrarse; algunos desgastados, desteñidos. La mayoría eran rojos.

Finalmente el Papá Noel se retiró, no sin una cara de susto fija en su rostro.

“¡Lo toqué!, ¡le toqué la mano!”, decía la menor extasiada.

Yo, al observar la felicidad y la inmensa sorpresa en su carita de manzana, entendí por fin el verdadero significado de la navidad.

Ésta va mucho más allá de proveer alegría a los más chicos, o de que disfruten de una buena comida o inclusive de la compañía familiar. La navidad es uno de los primeros y más meticulosamente guardados recuerdos de un niño; es aquél conjunto de noches al que se aferra de grande cuando busca memorias que le hagan sonreír, que le hagan buscar un significado a su vida, de ser necesario.

Por supuesto que no todos han pasado lindas navidades, o que tienen quizá diferentes celebraciones, o que no acuerdan con la inmensa cantidad de publicidad que conlleva el evento gracias a la multinacional Coca Cola y a otras.

Pero dejando de lado lo superficial, las diferencias y los malestares, por lo menos una persona tiene un recuerdo bello de esos días. Me refiero a los que van del ocho al veinticinco de diciembre, para ser más precisos.

En fin; mi punto es que aunque sea algún individuo rememora con cariño esas fechas.

Sé que no se pueden cargar los problemas del mundo en nuestros hombros; mas si una persona, por más pequeña o indefensa, realiza una buena acción de corazón en base al mensaje de la navidad, transfiere paz y amor a muchos. Ya se trate de ayudar a los necesitados, a los enfermos, a los desamparados y olvidados; a los ciegos o ancianos a cruzar una avenida repleta de gente apurada y estresada; a un amigo con un problema; o, en el básico ejemplo, a hacer que un niño crea en algo más allá de sí mismo con fervor, la navidad unirá a los seres humanos.

Yo no entiendo demasiado de religión, o del nacimiento de Cristo, o de la historia de Jesús. Pero sí comprendo lo que es tener fe en algo; el alcance e impacto que tiene en nuestras vidas la creencia. Pues ésta nos genera esperanza y hace más llevaderos los dolores.

Sin embargo, nunca estuve del todo segura de mi creencia. ¿En qué creo? Podría decirse que en el alma; en la valentía, en la honestidad con uno mismo a pesar de que se tiene al mundo en contra, en el ser.

Lo que quiero decir, es a esa fuerza que impulsa y motiva a los humanos, esa energía abrasadora que nos conecta y nos hace uno.

Llámenle Dios, Alá, y tantos otros nombres.

Para mí, es la existencia. No la vida, ni la muerte. Sino la existencia atemporal. La certeza de que en un momento determinado (o indeterminado también, si se supone que el tiempo es en realidad una ilusión manifestada por los seres vivos), se existió.

Ahora sí, volviendo al planteo original, si un adulto provee de fe o de espiritualidad al niño; es decir, si le confiere esa esperanza y certeza de su existencia, éste a su vez se la pasará a otros (cabiendo agregar, por supuesto, con amor y respeto, sin intentar imponerla). Y eso es a lo que yo llamo un acto de magia.

Quizá todavía no es tarde para personas como yo, quizá todavía hay esperanza.

Sólo es una cuestión de creer.


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