viernes, 2 de octubre de 2015

Eclipse Rojo/El Éter

Hoy, domingo 27 de septiembre de 2015, me fui a ver a la terraza un eclipse lunar. Mi hermano se había ido a encontrarse con alguien y yo no sabía cuándo me llamaría o si pensaba volver. Por las dudas me llevé el celular conmigo.

A decir verdad, nunca me generó demasiada confianza la terraza de noche, pero a falta de un balcón en el propio departamento, me vi en una situación con limitadas opciones.

Cacé mis llaves para volver luego de presenciar el fenómeno de los cielos, subí al ascensor con nerviosismo, y con la campera puesta y una sonrisa de oreja a oreja estampada en mi rostro, marqué con el dedo índice el piso 14.

Al atravesar el umbral, me vi de frente al rellano bien iluminado, a unos pasos de las escaleras que conducían al corredor que daba a la puerta de vidrio de la azotea.
Inhalando una bocanada de aire, junté coraje y ascendí intentando no hacer ruido con el tacón de mis borcegos.

Una vez que giré la perilla de metal, la noche sopló en mi nariz con delicadeza. Escudriñé el ambiente en busca de vecinos intrigantes, pero no había nadie. Sin necesitar verme en un espejo, sabía que mis ojos estaban brillando.

Me decidí a sentarme en el suelo color terracota y tranquila esperé, desnuda mi alma frente a la Luna, y el cosmos como mi única y siempre leal compañía.

Y me aburrí un poco, y me sentí sola otro poco. Pero sabía en mi fuero interno que estaba por ser testigo de algo fantástico, un eclipse rojo que ocurriría de nuevo recién en el 2033 y que únicamente sería visto en parte de América del Sur y otros pocos países. Comenzaría exactamente a las 22:07hs y el máximo, es decir, la entrada en la umbra de la Tierra, sería a las 23:42hs. La Tierra bloquearía por completo la luz del Sol sobre la superficie lunar, pero ésta se refractaría (se desviaría) en la atmósfera de nuestro planeta, provocando que un rojo que representaría todos los atardeceres y amaneceres del mundo se reflejara en la Luna durante 1h 12m.

Me hallaba llena de luz y espiritualmente en paz. Ya no sentía temor de la noche y sus sombras, porque el satélite me protegía y estaba conmigo a todo momento.

En eso, me di vuelta, me paré y miré hacia el parque a los pies del edificio con curiosidad. Admiré a las personas que se retiraban ya de la plaza, a los transeúntes que recorrían las veredas grises y a la danza de luces rojas y doradas que se desplegaba en los alrededores. Era una hermosa noche de primavera.

Cantando Pink Floyd para pasar el rato, volví a tomar asiento. Suspiré, me apoyé contra la baranda alambrada de la amplia terraza y me dediqué a otear los contornos azules de la esfera nacarada, mientras simultáneamente echaba breves vistazos a la hora en mi celular. El tiempo trotaba entre lento y rápido y mi voz aspiraba a ser suave como la seda, sin pretensiones de  disturbar la calma.

Justo cuando finalizaba un verso de “Goodbye blue sky”, la puerta por la que había ingresado se abrió con un chirrido y salieron dos señoras y una nena de no más de ocho años. Automáticamente apagué mi canto. Me dijeron “buenas noches” con cortesía y me sonrieron, comentándome que también venían a contemplar el eclipse.
Hablaron del planetario, y de que allí se iba a realizar un show con telescopios y música para convocar gente para el inusual acontecimiento. Yo esa misma tarde había pasado por allí con un amigo y se estaba desarrollando una fiesta de las colectividades, detalle que no olvidé agregar a la animada conversación.

Y así prosiguió la charla por unos cuantos minutos, hasta que la abuela de la niña anunció que buscaría el mate para compartir con nosotras (la otra señora y yo). Al principio confieso que no había entendido si las señoras eran amigas, parientes, o si una era la empleadora de la otra. Y admito que sigo sin poseer dicho conocimiento.

En fin, mientras la traviesa piccolina correteaba persiguiendo a su nonna, yo me quedé a solas con la otra mujer.

Mantuvimos una plática que duró una buena media hora sobre nuestros orígenes, mascotas (me habló de su perro de unos doce años), parientes, y porque nunca falta, de la inseguridad generalizada del país en la actualidad (entre otros tópicos, puesto que también el extenso diálogo derivó en estudiantes de intercambio y multiculturalidad).

Finalmente se dignó a llamarme mi hermano por celular (yo estaba sin crédito para avisarle de mi visita a la terraza) y le comenté del evento en ciernes, e intenté persuadirlo de que se presentara fugazmente antes de perdérselo.

Al cortar la llamada, supuse que probablemente no vendría.

Al cabo de un lapso moderado de tiempo, sin embargo, hizo acto de presencia y saludó a la señora junto a mi, quien se hallaba documentando en el momento el espectáculo único de la sombra alimentándose de la luz blanca.

Yo creí por un instante que la niña y su abuela no serían cómplices de la irrepetible exhibición; no obstante, medio segundo más tarde, y probándome por segunda vez en la noche que estaba equivocada, reaparecieron con la madre de la nena caminándoles muy de cerca.

“Buenas noches”, saludé amablemente. La nonna de cabello corto y oscuro me sonrió, y sacando el termo de una bolsa de tela, me ofreció un mate.

He de aclarar para aquellos que no conocen esta cualidad mía, que no me gusta muchísimo el mate, y que sin embargo, jamás me vería capaz de negar a alguien tal simple gesto de gentileza.

Aquella señora no sólo me convidó de su mate en una actitud afable tan característica de Argentina, sino que además me compartió unas galletitas dulces que ese día había comprado, según me dijo, en San Telmo.

Mi hermano atendió una llamada, alejándose de la escena vecinal, y yo divisé a la gente apiñada en la terraza del edificio contiguo tomando fotografías del cielo.

Al prestar atención nuevamente a la Luna, me deslumbré por completo. El satélite estaba anaranjado y marrón, como las últimas hojas del otoño que caen de las copas de los árboles.
Era una rareza bellísima de contemplar.

Me emocioné y sentí que mi pecho se ensanchaba de felicidad; era una conexión con la naturaleza tan fuerte la que me atravesó, que no logré despegar mis ojos de la divinidad de los cuatro elementos: la brisa que nos envolvía a los seres humanos, el fuego del círculo previamente níveo, la tonalidad castaño tierra de se adhería al rojo, y el arroyuelo de emociones que fluía dentro de mi ser.

Y el secreto fue divulgado, y no me perteneció ni a mí ni a nadie, sino al éter.

Y floté, repleta de vida. Y ya no existí en mi soledad o individualismo, sino en la armonía silenciosa con lo insustancial.

El enlace no fue efímero, porque la sensación aún perdura en mí hasta el día de hoy, pero sí fui consciente otra vez del tiempo y el espacio, dimensiones de lo contrario tan relativas. Mi hermano se fue, la señora que debía alimentar al perro se retiró, y poco después, yo misma me despedí de la abuela, la madre y la niña, y me excusé, prometiendo llevar mate y bizcochitos dada la próxima ocasión.

Al día siguiente tenía que asistir a la facultad y me esperaba una congregación de platos sucios que atender.

Me dediqué a la tarea de fregar y enjuagar una vez de vuelta en el departamento, y por fin me recosté a dormir, sin evitar rememorar retazos de la noche irrepetible, la que en lugar de captar con la tecnología, convenía sentir en el momento.

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