lunes, 3 de febrero de 2014

My dearest Dorian Gray

Era la rosa más bella que alguien jamás le hubiera obsequiado.

Sus aterciopelados pétalos carmín bañados de rocío, simulaban la pasión misma de Eros al permitirse que una de sus flechas diera en el corazón de la persona correspondiente a la frágil flor. Los mortecinos labios del joven, curvados en una bella y delicada sonrisa, burlaban al paso del tiempo al saberse perfecta su única y magnífica juventud; un secreto guardado celosamente, arrinconado en lo más profundo de su alma, en lo eternamente fatal de sus ojos.

Muchos decían que aquellos abismos oscuros denotaban el hechizante anhelo del deseo y la lujuria desenfrenados; ahora yo lograba por fin comprobar acertadamente el rumor.

Lo cierto era que tal ser precioso no podía ser más exquisitamente imperfecto. Más bien, era el mismo Diablo disfrazado del Príncipe azul; un engaño que sutilmente se entreveía en su mirada con deleite; en aquellos ojos que le quitaban la moral a uno y lo hacían imaginarse espirales indefinidos de la más honesta incertidumbre y el más errante y consecuente infortunio.

Antes de trabar amistad con él, uno ya sabía que le había regalado su persona y entregado su corazón, afrontando la desgracia que esto conllevaría.

Pues Dorian Gray, no era más que un individuo encantador por el hecho de abandonarse a lo prohibido, a los pecados de la existencia considerados como tales por personas muy inseguras, ingenuas y aterradas como para sentir sin pensar; permitirse el dominio total de los sentidos, el azar y el fuego desbordante de la pasión. Por personas que se escondían tras una máscara de rectitud al verse incapaces de aceptar gustosamente sus instintos, algunos de los más perversos.

Y Dorian Gray, justamente, era quien se reía con sorna, despectivamente de todos ellos, personificando la más asquerosa y divina sensualidad.

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