Era la rosa más bella que alguien jamás le hubiera
obsequiado.
Sus aterciopelados pétalos carmín bañados de rocío,
simulaban la pasión misma de Eros al permitirse que una de sus flechas diera en
el corazón de la persona correspondiente a la frágil flor. Los mortecinos
labios del joven, curvados en una bella y delicada sonrisa, burlaban al paso
del tiempo al saberse perfecta su única y magnífica juventud; un secreto
guardado celosamente, arrinconado en lo más profundo de su alma, en lo
eternamente fatal de sus ojos.
Muchos decían que aquellos abismos oscuros denotaban el
hechizante anhelo del deseo y la lujuria desenfrenados; ahora yo lograba por
fin comprobar acertadamente el rumor.
Lo cierto era que tal ser precioso no podía ser más
exquisitamente imperfecto. Más bien, era el mismo Diablo disfrazado del
Príncipe azul; un engaño que sutilmente se entreveía en su mirada con deleite;
en aquellos ojos que le quitaban la moral a uno y lo hacían imaginarse
espirales indefinidos de la más honesta incertidumbre y el más errante y
consecuente infortunio.
Antes de trabar amistad con él, uno ya sabía que le
había regalado su persona y entregado su corazón, afrontando la desgracia que
esto conllevaría.
Pues Dorian Gray, no era más que un individuo
encantador por el hecho de abandonarse a lo prohibido, a los pecados de la
existencia considerados como tales por personas muy inseguras, ingenuas y
aterradas como para sentir sin pensar; permitirse el dominio total de los
sentidos, el azar y el fuego desbordante de la pasión. Por personas que se
escondían tras una máscara de rectitud al verse incapaces de aceptar
gustosamente sus instintos, algunos de los más perversos.
Y Dorian Gray, justamente, era quien se reía con sorna,
despectivamente de todos ellos, personificando la más asquerosa y divina
sensualidad.
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