miércoles, 5 de febrero de 2014

Sólo un segundo

Me gusta taparme los ojos con mi bufanda favorita y pretender que puedo desaparecer detrás del descolorido material. La lluvia me trae melancolía, pero también reflexión. A mi mente vuelven recuerdos y hasta pensamientos que van y vienen como meseros en un bar.

Sé que muy en el fondo mi mirada es tan frágil como el ala de una mariposa, y mi espíritu tan cambiante como el viento o el lago que está ubicado cerca de mi casa.

La gente me aterra y me fascina al mismo tiempo, al igual que las serpientes o las alturas.

Mi color favorito es el turquesa, el mismo del que fueron mis ojos en cierta ocasión; ahora grises e insondables.

Amo la diversidad en todos sus aspectos; el murmullo del viento en los árboles cuando cuenta una historia, susurrante.

Siempre odié a la gente falsa, indiferente o mentirosa, si bien yo nunca me quedé atrás en ninguno de estos aspectos.

Detesto las clasificaciones y las etiquetas, pero soy su principal arquitecta y quien a su vez, más las utiliza. Porque juzgo, critico y venero.  Por lo general a todos por igual, nadie queda excluido.

Soy solitaria y a veces me siento vacía. Mi rol en esta obra de teatro a la cual denominamos “vida” de seguro es el de protagonista; pero aún no estoy convencida de que en el escenario se actúe una comedia.

Y ser o no ser, así seguimos. Creo que soy dramática, romántica, pasional, inquieta y quieta; desordenada, ordenada, aburrida y excepcional a mi manera.

Algunos dicen que carezco de originalidad; otros afirman lo contrario, llamándome excéntrica.

Los últimos días antes de mi partida a Buenos Aires están siendo tediosos. Cada vez más.

Los segundos se hacen lentos, los minutos largos y las horas eternas.

No veo el instante de salir de la putrefacción y monotonía de mi letargo, si bien tampoco estoy particularmente interesada en abandonarlo.

Estoy sumergida en agua estancada, o en una laguna petrificada. Anhelo huir, pero me demora la demora misma. No puedo dormir, me cuesta dejar de pensar o soñar despierta.

Porque ese es otro de mis placeres: imaginar con los ojos abiertos. Otros universos, escenarios diferentes al mío, paisajes alternos y extravagantes (que curiosamente siempre tienen retazos de mi propia casa); fantasías infantiles que quisiera realizar.

Qué no daría por estar atrapada junto a las sirenas y Peter Pan; con las hadas y los piratas. Luchando contra orcos y trolls en la Edad Media, o siguiendo el camino amarillo acompañada por Dorothy.

Por hablar con el Gato Rizón o con el Sombrerero, visitando a la Liebre de Marzo y a Diana.

Perdida en mi universo sin límites de la imaginación. Ese que yo creé y sigo creando, transformándolo día a día en lo que me plazca.

Soñándome con alas, o elevada en el aire por un paraguas rojo o azul.

Pero… todos sabemos que alcanzarlo y permanecer allí es una utopía, a menos que se desee estar en coma por un largo tiempo. Y esto me lleva así a otra pregunta, de las cuales tengo miles, ¿qué se sentirá hallarse en coma, nunca sabiendo si la muerte se acerca o se aleja de nuestro existir? Y, al fin y al cabo, ¿qué es la existencia?; ¿Transfiguramos o destrozamos nuestro universo?; ¿Quién es el responsable de dirigirlo sino?; ¿Somos los directores de la película que llevamos en la vida?

Tantas preguntas y tan pocas respuestas. Ninguna certeza y millones de dudas. Incertidumbre e ignorancia. Tan sólo pudiéndonos aferrar a lo mínimo que sabemos sobre nosotros mismos.

Mejor sigo caminando silenciosa hacia donde me guíen el viento y el reflejo en el agua. Divagando sobre espejismos en desiertos emocionales. Hacia la roca que en la infancia parecía tan vasta y me completaba, sin parar hasta los brazos de los árboles que me contuvieron cuando gritaba de dolor, mientras el llanto ahogaba mis sueños y los convertía en pesadillas.

Permitiré que la lluvia limpie mis lágrimas internas, que se rehúsan a salir para aliviarme de una vez por todas.

Y así, abrumada y aturdida por todo y todos, voy a proseguir a cubrirme los ojos con mi bufanda favorita, jugando a que logro desaparecer tras sus hebras desgastadas.

Sólo un segundo, un minuto, una hora más.


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