Suspendido en la estratósfera, con un vaso de vodka en
la mano, evito que las lágrimas se agolpen en mis ojos. Sumerjo mi
ser en aguas tranquilas que contribuyen a mi distracción y me trago el nudo en
mi garganta que no me permite respirar.
El anillo se desliza silenciosamente de tu dedo y por un
momento rememoro los tiempos en que todavía permanecía allí, fijado a tu
pulgar. Anhelo escuchar aquella música que surgía de tu guitarra, rugiendo y
haciendo eco a lo lejos, traspasando barreras geográficas y butacas vacías.
Tu pelo ondea con el viento, se revuelve mientras cruzás el
umbral de la puerta para no volver.
Nunca más vas a volver.
Alice Cooper entona suavemente una melodía que casi me hace
llorar. Es tanto lo que perdí ese día, es tanto lo que nos quedaba por delante.
“She cries
alone at night too often…”
Masajeo levemente mi muñeca para bajar el estrés. Todavía
hay que terminar la canción. Lo más delicadamente posible aparto un mechón de
cabello de mi cara, colocándome frente al micrófono.
Una vez más intento transmitir mis emociones en vano y me
arrojo al abismo al que pensé jamás regresaría. La tristeza abunda en demasía y
me cuesta nuevamente llenar de aire mis pulmones. Me precipito hacia la
introducción desesperado y un halo de desconcierto atraviesa los rostros de mis
amigos, surcando brevemente el contorno de la quijada del moreno.
Y me siento solo sin poder remediarlo.
Cargado de sueños rotos y temblores fríos, trato de
olvidarlo todo y coloco la pesada máscara en su lugar. Ya no se oye Alice
Cooper y tampoco alcanzo a distinguir mi propia voz por sobre la batería.
Pero uno no puede simplemente dejar de añorar y recordar.
Y otra vez me hallo suspendido en la
estratósfera, sin alas y sin el consuelo sofocante del vodka.
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