El Tiempo de Tomás
López
Dicen que sucedió
una noche, en La Plaza Belgrano. Sí, eso dicen, pero es poco probable. Lo
cierto es que alguien lo dijo una vez, y más tarde, la gente empezó a creer en
el relato. Juan Mirabeles, él me lo contó a mí; y si bien no estoy seguro de
qué pasó en verdad, esta es la única versión que conozco.
“Mi recuerdo de la
historia es algo confuso e incierto, tal vez no tan fiel a la realidad, pero
aún así, fiel a mi recuerdo de esta”; así me dijo Juan camino a la parada del
colectivo. Pude notar que se sentía incómodo, nervioso, y sin embargo, continuó
la narración, por lo que supuse que necesitaba desahogarse. Mientras la
descripción de los hechos seguía su curso, comencé a enterarme del suceso
ocurrido.
Una obsesión, un
pacto de indiferencia, cierto acto de locura, y otras tragedias.
Particularmente,
me había interesado la parte dramática del asunto; cuando debería haberle
prestado atención a la demencia del pobre hombre. Pero ya es tarde para hacer
conjeturas; “lo pasado, pisado”, como sostiene el dicho. Y si me hubiera guiado
por todos los indicios posibles, no habría llegado jamás a la conclusión.
Tenía 22 años.
Cabello oscuro, y ojos azabache. El nombre era Tomás López, y si mal no
recuerdo, su estatura era de 1,70 metros. Era un sujeto callado, suspicaz y
precavido. Alguien que no se fiaba de los demás, y aún menos de sí mismo.
Trabajaba en una biblioteca, ordenando los libros por género y juntando los que
se encontraban desparramados en el suelo.
Nadie jamás creyó
que enloquecería de la forma en la que lo hizo. Si bien muchos sabían algo
acerca de su pasión por los libros del destino, no pensaron que fuera posible
que lo absorbieran. Y sin embargo, así fue. Se pasaba horas leyendo sobre
tiempos alternativos, cuartos imaginarios, y puertas sin cerradura (por lo
cual, decía que estaban abiertas). Soñaba con personas extrañas, a las
que pretendía conocer, y a la vez no; anhelaba la libertad de ese infierno, y
la evaporación de esos pensamientos. Buscaba sin detenerse la mención de libros
y autores apócrifos en las diferentes obras de los novelistas memorables, y no
se detenía ni un segundo a corroborar si el relato era o no ficticio.
A partir de un
día, en el cual leyó por casualidad “El Milagro Secreto”, comenzó a creer que
perdía la cabeza, y desaparecía su uso de razón. La madre, asustada, llamó a un
doctor para que le diera el diagnóstico, pero fue inútil. López estaba
totalmente enloquecido.
Sin importar la
cantidad de psicólogos y médicos que lo vieron, él no cambió jamás su postura
de demencia. Durante mucho tiempo estuvo encerrado en su propia mente, y
enfermo de intranquilidad. Los años pasaban delante de sus ojos, y él sólo le
restaba importancia al asunto.
Finalmente, cierta
noche de mayo, en la Plaza Belgrano, se suicidó. El velorio fue triste, en
especial porque era tan joven. No mucha gente estuvo presente, ya que él había
tomado de la vida lo mismo que no pudo de los libros: la soledad y el
desprecio. Siempre había encontrado el cariño en esos volúmenes grandes,
repletos de palabras en las páginas innumerables; pero nunca se había tomado la
molestia de buscarlo en amigos o familiares (algo de lo que nadie supo si
terminó arrepintiéndose).
Cuando al cabo de
4 meses, la madre de López decidió retirar los cuadros de las paredes, y vaciar
la casa de los objetos de su hijo, encontró un diario. No se atrevió a leerlo,
pero tampoco a desecharlo; y esta es la razón por la cual permaneció abandonado
en la estantería de libros, juntando tierra con el pasar de los años.
Una cálida tarde
de verano en la que Juan Mirabeles, tío político de la hermana de López,
decidió pasar a visitar la casa, tropezó con el dichoso librito, mientras
rastreaba un ejemplar de “El Jardín de los Senderos que se Bifurcan”. En el
preciso momento en que abrió el diario, se encontró con que estaba inconcluso;
y a pesar de la suciedad y el polvo, consiguió descifrar algo en la primera
página.
En ella habían
escritas 5 palabras: “Me retiro al Tiempo Divino”.
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