jueves, 15 de enero de 2015

Walking 19

En siete días cumplo 19 años. Mentira, en 6. Ya ni siquiera tengo interés por saber el calendario. Siempre es más fácil vivir en una dimensión de eterno presente y lejano futuro.

Me gusta mi propio nirvana.

Pero en fin; hora de volver a la realidad, que se empecina en abofetearnos en la cara.

19 años… y me siento muchísimo más vieja y usada.

Es tiempo de abandonar completamente la adolescencia. Adiós inmadurez, adiós infancia, adiós indecisión.

Es momento de deber, responsabilidades, adultez y aprendizaje tardío que tuvo ya suficiente demora al rehusarse a ser anteriormente incorporado.

Me niego a crecer, al igual que Peter Pan; y sin embargo tengo la sensación de haber transcurrido muchas vidas y adelantado miles y millones de ideas.

Superada y avivada…toda una mujer... o una niña jovial, pero de a momentos muy anciana y contradictoria.

Me temo que así concluye otro año sin acabar de hallarme a mi misma ni entender del todo mi psique. Sin experimentar soluciones, pero sí centenares de problemas y malestares.

Algunos lo llaman depresión, ansiedad, o hasta quizá bipolaridad o trastorno. Pero al conferirme cualquiera de estas etiquetas, estaría hablando sin saber. Porque la verdad es, que la psicología me aterra. Tengo miedo a mejorar, porque soy consciente de lo que ello significa: cambio. Cambio de personalidad, de identidad. No quiero perder todo lo nuevo que hallé en mí. No quiero analizarme. Y ya ni sé si realmente me interesa mejorar.

No quiero perderme. No otra vez.

Me agrada así; me gusta mi coma. Pero también lo odio. Especialmente por la soledad.

No quiero saber qué tengo, si bien sé que tengo algo. Sería la única explicación posible.

Hay veces que pienso que puedo sola, que mi propio análisis basta. Pero no sé de psicología, y no sabría darle nombre a mi padecimiento.

Tampoco cómo tratarlo. Pero ese es justamente el atractivo: el enigma. Porque quizá no quiero tratarlo.

Es simplemente lo que soy.

Y así… no me aterra cumplir 19 por pensar que me faltaron cosas por hacer. Nunca esa idea estuvo tan equivocada. No es por el hecho de que tema al futuro. No. Sino porque mi juventud se desvanece con el correr de los años. Y al mismo tiempo… entiendo que mi vida no tiene línea divisoria entre edades. Sé perfectamente que puedo morirme en cualquier instante, y francamente no me asusta demasiado, ya que estoy feliz con lo que logré, a sabiendas de que no fue inmenso.

Pero sí fue lo que quise y conseguí.

En fin: contradicciones y más contradicciones. Pero así me gusta.

Al principio de este texto tenía miedo de cumplir 19… y ahora sencillamente me causa hastío. Y es que el 18 es un número tan delicioso y exquisito. Tan… perfecto.

Al mejor estilo de Dorian Gray, me aferro a mi juventud e inocencia dudosas. Y sin embargo, jamás vendería mi alma para conservarlas. Eso nos diferencia. Y ciertamente, detesto las similitudes.

Sé que 19 no es nada, ni siquiera lo suficiente. Pero sí para mí en este momento en particular. Amaría poder quedarme solo así.

No ansío ya cambios. Tal vez sí voy a tratar de encariñarme más con las personas y prestarles mayor atención, pero no garantizo nada; no soy de fiar. Me agrada mi soledad.

O quizá no… no se confundan. Pero al menos no me caben dudas de que estoy destinada a estar sola, porque la vida es de uno, y a cada uno le toca afrontarla y vivirla por su cuenta. Las personas alrededor no son más que maniquíes y bufones.

Y tal vez… después de todo sí me gustan las tragedias. Y aún más protagonizar una.

Ya no me molesta cumplir 19. Que vengan, si se atreven.

Total… nada de esto es real. Y si lo es... tampoco importa ya.


domingo, 28 de diciembre de 2014

Me lo dijo un pajarito

"Si supiera lo que la vida te ofrece, supongo que elegiría no nacer... pero no se puede elegir. Si conociera el dolor antes de sentirlo, elegiría no nacer... pero no se puede elegir... Si no existiesen quienes dicen que te aman, elegiría no nacer... pero están... Y son ellos quienes instalan la esmeralda, y son éstos mismos por los que todavía vivo...".

sábado, 27 de diciembre de 2014

Mensaje Navideño

"... A veces es necesario creer para poder ver...".

Era Noche Buena y con los mayores distraíamos a los primos más pequeños para que los adultos colocaran los regalos en su lugar correspondiente bajo el árbol de navidad.

Dos de mis primos habían armado un globo de papel barrilete de aproximadamente unos 1,25 de altura para llevar a cabo la tarea, y nos habíamos dirigido hacia la entrada que daba a la calle.

El plan consistía entonces en hacer que el globo “alcanzara el trineo de Papa Noel por los aires”, esperando que no se prendiera fuego por completo en el intento.

Y así fue, que calzadas las primas con zapatos de tacón alto y ataviadas de minifaldas y pantalones elegantes, se acercaron a contemplar el acto solemne del despegue.

Decir que sublime fue la noche, es quedarse cortos. Todo funcionó a la perfección. Definitivamente nos salió redonda.

En el mismísimo instante en que comenzábamos a darnos por vencido con el ascenso hacia los renos, un grito provocó que se nos desorbitaran los ojos.

Lila o no sé quién había sido, había proferido tal alarido que mi tía casi se cae al suelo. Yo aún sostenía una cuchara de postre en la mano, cuando todos comenzaron a correr.

Una o dos cuadras más adelante se distinguía una figura roja y blanca; un sujeto de grandes botas y larga barba, el cual sujetaba varias bolsas con obsequios.

La más pequeña de los primos echó a andar como si en ello se le fuera el alma. Mi tío la animaba y exclamaba “¡Agarralo!,¡Agarralo!”, mientras que mi tía, es decir, su hermana, perseguía a la multitud de chicos desesperadamente, preocupada de los autos.

Tacones iban movidos por una fuerza indescriptible, dando tumbos en la acera y amenazando con quebrarse; algunos desgastados, desteñidos. La mayoría eran rojos.

Finalmente el Papá Noel se retiró, no sin una cara de susto fija en su rostro.

“¡Lo toqué!, ¡le toqué la mano!”, decía la menor extasiada.

Yo, al observar la felicidad y la inmensa sorpresa en su carita de manzana, entendí por fin el verdadero significado de la navidad.

Ésta va mucho más allá de proveer alegría a los más chicos, o de que disfruten de una buena comida o inclusive de la compañía familiar. La navidad es uno de los primeros y más meticulosamente guardados recuerdos de un niño; es aquél conjunto de noches al que se aferra de grande cuando busca memorias que le hagan sonreír, que le hagan buscar un significado a su vida, de ser necesario.

Por supuesto que no todos han pasado lindas navidades, o que tienen quizá diferentes celebraciones, o que no acuerdan con la inmensa cantidad de publicidad que conlleva el evento gracias a la multinacional Coca Cola y a otras.

Pero dejando de lado lo superficial, las diferencias y los malestares, por lo menos una persona tiene un recuerdo bello de esos días. Me refiero a los que van del ocho al veinticinco de diciembre, para ser más precisos.

En fin; mi punto es que aunque sea algún individuo rememora con cariño esas fechas.

Sé que no se pueden cargar los problemas del mundo en nuestros hombros; mas si una persona, por más pequeña o indefensa, realiza una buena acción de corazón en base al mensaje de la navidad, transfiere paz y amor a muchos. Ya se trate de ayudar a los necesitados, a los enfermos, a los desamparados y olvidados; a los ciegos o ancianos a cruzar una avenida repleta de gente apurada y estresada; a un amigo con un problema; o, en el básico ejemplo, a hacer que un niño crea en algo más allá de sí mismo con fervor, la navidad unirá a los seres humanos.

Yo no entiendo demasiado de religión, o del nacimiento de Cristo, o de la historia de Jesús. Pero sí comprendo lo que es tener fe en algo; el alcance e impacto que tiene en nuestras vidas la creencia. Pues ésta nos genera esperanza y hace más llevaderos los dolores.

Sin embargo, nunca estuve del todo segura de mi creencia. ¿En qué creo? Podría decirse que en el alma; en la valentía, en la honestidad con uno mismo a pesar de que se tiene al mundo en contra, en el ser.

Lo que quiero decir, es a esa fuerza que impulsa y motiva a los humanos, esa energía abrasadora que nos conecta y nos hace uno.

Llámenle Dios, Alá, y tantos otros nombres.

Para mí, es la existencia. No la vida, ni la muerte. Sino la existencia atemporal. La certeza de que en un momento determinado (o indeterminado también, si se supone que el tiempo es en realidad una ilusión manifestada por los seres vivos), se existió.

Ahora sí, volviendo al planteo original, si un adulto provee de fe o de espiritualidad al niño; es decir, si le confiere esa esperanza y certeza de su existencia, éste a su vez se la pasará a otros (cabiendo agregar, por supuesto, con amor y respeto, sin intentar imponerla). Y eso es a lo que yo llamo un acto de magia.

Quizá todavía no es tarde para personas como yo, quizá todavía hay esperanza.

Sólo es una cuestión de creer.


domingo, 14 de diciembre de 2014

Los otros

Looking glass world

El cristal reluce en la penumbra, haciendo consciente a quien lo ve de una realidad sub alterna. A través de este, los seres son extraños y están de cabeza.

“¿Cómo serán sus vidas?”, es una de las más insistentes preguntas.

Un leve soplido da paso a un vendaval que estremece a las personas paradas en sus manos, las cuales se hallaban revoloteando previamente por los fríos senderos.

Una mancha de vapor produce conmoción y sobresalto. El rey de los seres excéntricos, ataviado de un opulento y largo manto blanco, se acerca, preocupado. En el momento en que procede a examinar la superficie cubierta de vapor, otro soplido lo transporta al lado contrario del mundo.

“¿Cómo serán sus vidas?”, pasa a ser un mantra.

El cristal reluce pálido, a pesar de que alguien desde el rincón opuesto encendió la luz.

Las personas ya no están de cabeza, pero ahora se ven exageradamente escuálidas.

La delgada reina ayuda a su cónyuge a incorporarse, al tiempo que la mancha de vapor se desvanece en el cristal.

¡Hay alguien del otro lado!, proclama el conde con vehemencia.

Varios seres semejantes a un lápiz vuelven a estremecerse, y la condesa, sirviéndose de un monóculo, observa con disgusto la pared congelada.

Pues no hay que permitirle el paso, dice con una voz cruelmente solemne.

Los individuos comienzan una red de murmullos, que acaba haciendo eco en la lejanía. En el transcurso de unos pocos segundos, ésta impacta contra la pared contraria, regresando a su lugar de origen en el centro.

¡Silencio!, exclama la condesa agitadamente.

“¿Cómo serán sus vidas?”, repite la conciencia, desolada.

Si no se le permite el paso, entonces tampoco la vista, afirma el Rey, considerando sus palabras lógicamente dignas.

A la orden de su majestad, varios obreros-hormiga cargan con un pesado balde de brea. Al encontrarse cara a cara con la pared de cristal, colocan el balde en el suelo y, haciendo uso de pinceles y brochas, proceden a pintar la superficie.

Luego de minutos y minutos, el trabajo está terminado. Del otro lado ya no se admira el relumbrante cristal. Un manto negro cubre las delgadas paredes y las personas ya no alcanzan a distinguirse. En el sitio opuesto, la luz permanece encendida.

Sin embargo, logra oírse un llanto descontrolado procedente de un rincón guarnecido por la penumbra; el aislamiento dando paso a una desesperación compuesta por temblores y fuertes espasmos.

“¿Cómo serán sus vidas?”, aún alguien se cuestiona ingenuamente.

Un suspiro dramático escapa de unos labios, pero ya no se pega al espejo congelado en forma de vapor.


La realidad alterna se desvanece y le es prohibida la entrada a quien intentara contemplar el cristal.


sábado, 13 de diciembre de 2014

Paraguas

Ni el más profundo invierno se asemejaría al estrepitoso clamor de las penas que aquejan el alma;

Esas que en algún momento del día golpean con fuerza, dejando sin aire hasta al hombre de la más dura piedra. Aquí es donde los párpados se tornan sensibles, las extremidades se debilitan, las pestañas ceden y sirven de puente para las lágrimas salinas.

Se denota una adoración entonces a la tempestad y al romanticismo melancólico de los paraguas, especialmente si el color de éstos fuera al menos un ápice cercano a la gama de los violetas y azules.

Las gotas se deslizan surcando las mejillas, impulsadas por la gravedad hacia el suelo. Afuera algunas repiquetean contra la ventana, queriendo entrar en la habitación.

Cuesta levantarse, cuesta moverse. Ya casi no quedan fuerzas ni para respirar. El corazón se estruja dentro del cuerpo y la garganta enmudece de pronto al verse obstruida por un nudo de culpa y arrepentimiento.

A través del vidrio empañado por las lágrimas del cielo, se observa a la gente caminar y al agua acumularse en los recovecos situados entre medio de las baldosas. Una gran cantidad se arremolina al mismo tiempo en las rendijas, cayendo de bruces hacia el oscuro abismo de la alcantarilla que espera debajo.

Dentro de la habitación se extingue la luz a causa del clima.

Pero las penas continúan golpeando con fuerza y la lluvia no consigue lavarlas del alma.

¿Cómo desterrar a un dolor que se ha ido forjando con el correr de los años y que ahora se halla tan arraigado al espíritu? Cada vez que parecemos olvidarnos, éste tiende a arremeter violentamente; penetrando los confines del corazón con una frase, una palabra,  o una imagen distante y un tanto nublada por la represión del recuerdo.

El olvido no dio resultado alguno y una vez más nos encojemos, sintiéndonos pequeños, indefensos y a punto de desfallecer.

Qué hermosos se ven ahora los paraguas desde las alturas; aquellos que de a momentos son violetas, y de a momentos son grises cual tempestades.


sábado, 8 de noviembre de 2014

Adiós


(Escrito el 18 de julio de 2014. Dedicado a una persona y a una únicamente)


Predecible. Desesperantemente predecible. Incluso tan predecible que ya no alcanza a decepcionar.

A veces tengo la estúpida esperanza del cambio; de que una persona puede lograr ser diferente a lo que viene siendo si se lo propone. O tal vez mi empeño por ver lo bueno de alguien y tenerle fe, creer en sus capacidades y en el humano detrás de la máscara, me lleva a desilusionarme con facilidad.

Y nuevamente confié. Otra vez te creí ,y otra vez me fallaste.

Mentiras y más mentiras.

Un individuo no puede ser la mejor versión de sí mismo, porque el simple hecho es una utopía. Como ser humano, la persona es de naturaleza masoquista, y sólo deja entrever lo peor de sí; lo más salvaje y ordinario, espectacularmente banal.

Jamás se propone cambiar, porque cree en el fondo no ser merecedor de la transformación, o bien, elige el camino más fácil y corto, evitándose el engorro del esfuerzo.

Quizá hay personas que directamente no nos convienen, porque no valoran lo que hacemos por ellas y la cantidad de tiempo y consideración que les dedicamos. Sólo nos atrae la idea de ayudarlas a levantarse y reunir el suficiente coraje para mostrar su verdadera personalidad y relucientes deseos. Pero a fin de cuentas, no paramos de engañarnos a nosotros mismos, y volvemos a caer en la decepción. Una, dos, y hasta mil veces más. Las veces que se requiera.

Las personas no cambian, y la esperanza en ello es apenas y una excusa para escapar de las propias caretas impuestas en el día a día.

Por eso... cuando un individuo se convierte en predecible... es hora de admitir que no nos conviene, y ya no esperar nada de él o ella.


Por fin, es tiempo de dejarle ir.


viernes, 31 de octubre de 2014

Aturdidos

Y así nos encontramos viajando en el colectivo; estrujando el corazón con la palma de la mano, repletos de la vaga sensación de estar flotando. Perdidos, todos estamos perdidos.

El miedo nos persigue y parece nunca detenerse. Un sentimiento de asfixia colma los sentidos, al mismo tiempo que a través de la ventana se ve como cae la lluvia.

Ruidos y más ruidos se escuchan alrededor, sin saber con precisión de qué tratan. La ventana comienza a nublarse y nos sentimos envejecer muchos años.

La cabeza grita sin gritar, el eco distorsionando la empatía.

Siendo el único ápice de salvación una melodía de Pink Floyd, la dejamos resonar en la cabeza. Reproduciendo mentalmente The Wall, nos aferramos a aquella cordura lejana.

Afuera no para la tempestad.

Y ahora estamos mojados, enfermos, aturdidos.

El estrés convulsiona los razonamientos y el espíritu parece exclamar con hastío e irritación un “¡basta!”.

De la fuerza con la que lo asimos en la mano, el corazón se inclina a estallar.

Ya no hay empatía, no hay razonamiento, no hay una emoción de estar flotando; ni siquiera hay niebla.

Aturdidos, bajamos del colectivo. Y extremadamente mojados y enfermos nos hundimos en el miedo que a veces trae la lluvia. Es la paranoia silenciosa de un alma próximamente distópica; la pesadez de una ciudad que nunca duerme, el yugo de los ingenuos.

Estamos perdidos, todos perdidos.