Florie se enamoró del viento; esa
ráfaga libre y un tanto fría, incorpórea y ligera; cayó
rendida ante Lewis en menos de lo que dura un suspiro.
Pero
él era volátil, distante, etéreo; él volaba por la vida con movimientos
gráciles.
Sin
embargo, el amado también podía enfadarse y rugir; azotar con su furia hasta a
las montañas y arremeter contra la flora de los jardines aledaños; atravesar
las nubes y acompañar a los truenos en una noche furiosa; soplar y soplar para
avivar las llamas de un incendio.
Asimismo,
el encantador Lewis podía entristecer; convertirse en apenas y una neblina
solitaria por la tarde, o una ventisca gélida que provoca escalofríos.
Finalmente,
era capaz de una ternura suave y que no empalagaba; una brisa matutina que
acaricia la piel en el verano y se desliza por las ropas como un hálito tibio; podía
refrescar las frentes que brillaban adornadas de perlas y apaciguar los ánimos
de un conductor cuyo cuello se hallaba teñido de borgoña.
Y
es que Florie no había logrado resistir la corriente que había hecho bailar sus
cabellos y danzar a los pliegues de su vestido.
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