lunes, 15 de agosto de 2016

Céfiro

Florie se enamoró del viento; esa ráfaga libre y un tanto fría, incorpórea y ligera; cayó rendida ante Lewis en menos de lo que dura un suspiro.

Pero él era volátil, distante, etéreo; él volaba por la vida con movimientos gráciles.

Sin embargo, el amado también podía enfadarse y rugir; azotar con su furia hasta a las montañas y arremeter contra la flora de los jardines aledaños; atravesar las nubes y acompañar a los truenos en una noche furiosa; soplar y soplar para avivar las llamas de un incendio.

Asimismo, el encantador Lewis podía entristecer; convertirse en apenas y una neblina solitaria por la tarde, o una ventisca gélida que provoca escalofríos.

Finalmente, era capaz de una ternura suave y que no empalagaba; una brisa matutina que acaricia la piel en el verano y se desliza por las ropas como un hálito tibio; podía refrescar las frentes que brillaban adornadas de perlas y apaciguar los ánimos de un conductor cuyo cuello se hallaba teñido de borgoña.

Y es que Florie no había logrado resistir la corriente que había hecho bailar sus cabellos y danzar a los pliegues de su vestido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario