Ella se mostraba por fuera como un
canvas en blanco.
Y
yo en numeradas ocasiones le había sugerido que ella requería de un pincel para
pintar su mundo de personalidad; aquella misma que no se atrevía a relucir;
Detrás
de su blanca mascarada, contaba con una amplia gama de colores, que se
desperdigaban en una paleta conformando un arcoiris; y es que poseía un
salvajismo, romántico y feroz, que le exigía a los gritos ver la luz del día.
¿Que
cómo lo sabía yo? simplemente por mi habilidad de mirar a través. Alguien hacía
tiempo me había enseñado a observar con atención; a realmente observar.
A
veces, sin embargo, no era tan sencilla la contemplación. Y era de suma
importancia romper con el convencionalismo del lienzo en una explosión de
matices. El resultado valía totalmente el esfuerzo; retazos cenicientos de una
careta hecha trizas.
La
cuestión, es que ella tenía en su pecho una llama que flameaba con fervor,
amenazando con quemarla si pretendía dejarla extinguirse; la naturaleza así la
había traído al mundo; voraz y con una urgencia de estallar en fuegos
artificiales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario