Morvin era feliz. De a lapsos, pero lo
era.
Y
con lapsos me refiero a esos cortos instantes que aparecen y se van en un
parpadeo.
Morvin
sabía que su existencia estaba marcada por sus sonrisas;
Él
sabía que era feliz.
Y
con sonrisas hablo de aquellas que dejan ver dientes blancos como perlas y se
extienden por debajo de una delgada eme en el labio superior.
Morvin
creía que era feliz.
Al
menos algo debían significar esos momentos de carcajadas derrochadas y lágrimas
de dicha; tal vez y en algo destacaban las espontáneas aventuras que realizaba
cuando se sentía pleno.
¿Era
Morvin feliz?
Se
lo preguntaba a menudo, de a lapsos.
Pero
se lo preguntaba.
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