– ¿Sabés lo que es estar en una ciudad de la
cual la mayoría de la gente se quiere marchar? Esta es una metrópolis colmada
de ira, te digo; con una ferocidad que retuerce sensibilidades hasta hacerlas
añicos y derrama alquitrán sobre la misericordia y la paciencia. Algunos hasta
dirían que es a donde los sueños vienen a morir, tras haber sido torturados por
la corrupción y los malos tragos. Cada vez a las personas se les desvanece más
y más la esperanza, creeme. Y al final sólo queda una resignación amarga; un
rencor que se construye diariamente a base de ladrillos de miedo, inseguridades
y un profundo enfado destilado del odio mismo; todos ellos combinados con el
cemento de la desesperación.
– Y aun así... seamos sinceros, ¿vos te verías viviendo en cualquier otro sitio?
– Si pudiera escapar lo haría; cualquier
lugar antes que este. Pero me falta coraje. Pasa que... ya me embargó una
sensación de aborrecimiento por la humanidad que es difícil de borrar; y a
veces pienso que hasta puede ser demasiado tarde para mi. Porque, te digo, a
cualquier otro destino al que me dirija, siempre van a estar presentes los
recuerdos desagradables de la violación al amor, el abuso a la cortesía, el
arrebato de la inocencia y finalmente la soberbia y la avaricia, provenientes
de la enfermedad que tuvo como consecuencia inmediata la sociedad fanatizada
del hombre; aquella que me forjó, me desilusionó y abofeteó en el espíritu con
una crueldad imperdonable. Sabés... el problema es... que no importa a dónde
vaya, ahí voy a estar yo. El yo que nunca pudo regresar a sí mismo.
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