miércoles, 4 de mayo de 2016

Escepticismo

¿Por qué?

¿Por qué yo?

¿Por qué nosotros?

Despierto aturdida del sopor que me genera últimamente salir "a tomar algo" y me veo desde fuera de mi cuerpo apoyada cual pordiosera en tu pecho. Qué vergüenza.

Espero que no consideres impertinente que te diga que no me entiendo.

No, no es arrogancia. Es más bien la clara representación de un capricho.

Bueno... seamos claros; sí me entiendo, pero no me gusta tener que explicarme. 

Disculpame, pero no me gustás.

Todo fue una farsa.

Supongo que con el tiempo y desesperando de soledad, llegué a convencerme a tal punto de mi propia puesta en escena, que colmé mi rostro de mentiras y tu ingenuo corazón de ensoñaciones.

Pero si hay algo que me forcé a no mencionar, es que mi alma es en sí un témpano de hielo.

Mientras tanto, alguien llegaría a auto engañarse, creyendo que está entre mis posibilidades el develar la verdad, cuando está claro que la actuación resulta ser por demás convincente. Porque no es una mera actuación, sino un mecanismo de defensa interiorizado. 

Mas, dejame preguntarte, ¿quién tiene la verdad?; ¿qué es éste concepto sino la subjetividad de una identidad particular? considero que la cuestión es bien relativa.

Mira; no quiero destruir tu mundo, pero admito que es más fácil realizar dicha tarea que ver derrumbarse el mío ante las garras del oscuro cinismo y la sorna de la incredulidad.

Y es que soy una mendiga que mendiga por mendigar; a veces atada al destino final de jamás poder enamorarme; soy una gárgola, inamovible y portadora fiel de una mueca de espanto.

¿Sabés lo que tiene de bueno la depresión, entre otra de sus poquísimas cosas? que nunca nadie será capaz de arrebatársela a su dueño.

No quiero decir que es lo único que tengo, pero sí establecer que es a lo que siempre inevitablemente se vuelve; es una característica de mi personalidad. ¿Podrías culparme?; decime, ¿quién en este mundo no está traumado?; ¿quién en este mundo sale ileso de la vida?;

¿Acaso no somos marionetas del labor de la fuerza del azar?

Probablemente no. Nada me hizo, yo me hice.

Y alcanzamos así un momento intrincado, porque ya no me parece que esté en orden pedir disculpas por quién soy.

Repito; ¿podrías culparme?; ¿quién en su sano juicio requiere de una explicación del porqué suceden los hechos en la línea de tiempo del que es el trayecto emocional de una persona?; si bien cualquier curioso tratase de entender y asimilar un aura, ¿te pensás que se cuestionaría de manera continua la razón de su indagación? Tal vez sí. 

No obstante, uno no debe, bajo ninguna circunstancia, intentar cambiar o moldear a un ser, que se halla de por sí en constante devenir, para sus propios fines. 

Y sencillamente, no me apetece de momento el discutir los para qué de la transformación. 

¿Por qué?

¿Por qué yo?

¿Por qué nosotros?


¿Y por qué no? Si al fin y al cabo podríamos ser títeres del destino.

¿Podríamos?... exacto. Porque nada me hizo, yo me hice

lunes, 28 de marzo de 2016

Vejez

Anciana; oriunda de una tierra sin nombre, anclada en el pasado y que exuda erudición;
Anciana; con alma de pergamino y calamidades corpóreas;
Anciana; de cabellos plateados y párpados pesados;
Anciana; cargando con el yugo de la presencia en guerras ajenas;
Anciana; con responsabilidades fragmentadas y cavilaciones lentas;
Anciana; con remordimientos y gratitud;
Anciana; habitante del envase material que ata al espíritu al mundo de los mortales;
Anciana; desencantada y encantada; prejuiciosa y que excede empatía a la vez.
Anciana; sus ojos olvidados en algún lugar del paisaje de antaño;
Anciana; extraviada en recuerdos almacenados en forma de carretes fotográficos que nunca se mandaron a revelar.
Anciana; de lúcida madurez y opaca ingenuidad.
Anciana; divagando y con el corazón hinchado de amor.

jueves, 3 de marzo de 2016

Aleteos

Sacudiéndose polvo de estrellas, se me acercaba con los bolsillos repletos de mariposas. Tenía el cabello enmarañado y portaba una sonrisa cómplice; sus mejillas estaban sonrosadas y arrastraba sus pies por el sendero, dejando a su paso un fino halo de plata.

Extraviada como estaba en su nirvana, había trepado por los árboles y pescado con sus manos un caballito de mar en una calesita. He de decir que era tal la forma en que me deslumbraba, que me sentía en un oasis índigo traído a mi por la melodía cantada por las sirenas de Neptuno, guardianas de la entrada al océano.

Sus iris brillaban con intensidad y las negras pupilas revelaban ventanas al pasado, nostálgicas; del rabillo de sus ojos parecía asomar un cuento.

Era una golondrina y yo un cuervo que escudriñaba con curiosidad su esplendor.

Esos minutos se evaporaban y éramos al fin testigos del atardecer.

Ahora lo sabía. Habíamos despertado en primavera.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Caminos separados

Silencio. Como una ráfaga permanente invade la habitación, se cuela por los rincones vacíos, se aferra del suelo y trepa por las paredes.

Silencio. Insoportable, sólo una sirena se oye a los lejos.

Recién ahora soy capaz de despertarme con algo de sobriedad y la mente lo suficientemente en frío.

Y lo recuerdo todo con lujo de detalle.

Silencio. Me dejaste sola y no volviste.

No puedo creer que no hayas vuelto.

Lo único que quería era que te quedaras conmigo y vos decidiste salir solo… y eso que pensé que eras mi amigo.

Y tal vez me equivoqué… y nunca vas a ser realmente mi amigo.

Te presioné, por poco te digo que estaba enamorada y alcancé únicamente a pronunciar una perorata de que me gustabas hace dos años. Por suerte me frenaste de antemano; porque no es cierto. Y sin embargo me molestaron las preguntas, el interrogatorio. ¿Para qué?; ¿es realmente necesario que lo haya después de tanto tiempo de conocernos? Bueno… para ser justos hay una brecha de por medio de casi un año.

Quizá es mi culpa. ¿Quizá?

Siempre es mi culpa, eso estuvo claro desde el principio. Pactado y firmado por ambas partes.

Y ahora ni siquiera puedo llorar, pero una presión en el pecho me asfixia y tengo que reacomodarme en la cama para sentarme de manera que no me moleste tanto.

Son las 6:17 a.m. Los pájaros cantaron afuera durante unos minutos y se detuvieron súbitamente. ¿Se habrán detenido acaso cuando me enviaste ese mensaje de adiós?

El silencio es tan denso, que presiento que me va a tragar entera.

Y un peso se posa en mi garganta, en mi cuerpo, en mi corazón. Y no estás.

Te subiste a un tren y partiste lejos para no volver.

Ya nunca vas a volver. No después de ese intercambio de palabras.

Y si hay algo que no voy a poder perdonarte es que no intentaste ni por un instante de comprender mis sentimientos. Y eso que siempre te escuché cuando me relataste cada uno de los tuyos. Al parecer sólo se nos da utilizar el Internet impersonal y ausente para hablar. Tal vez y hasta encaja a la perfección porque nuestra relación se caracteriza por ser de esa manera.

Primera vez que visitaste el departamento y ya no anhelas retornar.

Perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón. Lo repito como un mantra, porque tampoco tengo el poder para detener tus acciones. No busco intentar que regreses. Entiendo que tenés mente propia, pese a que me agrada ver en cuánto nos parecemos.

… ¿Nos parecemos realmente? Ya no me hallo del todo segura ante la afirmación.

Y desde esta precisa noche puedo decir que el amor ya no anida en mi ser. Me quedé sin nada por lo que conmoverme, pero demasiado en qué pensar.

Supongo que siempre supe que no sentías lo mismo y no quise empujarte a decir nada. Hay mil y un formas de amar, y jamás pudimos entender ninguna. Si querías partir era tu decisión. Y la tomaste. Y saliste igual y asististe a una fiesta sin mi. Y bailaste probablemente con personas que no eran yo, y besaste los labios de alguien más.

Y esta noche yo ansiaba tanto un beso... Y no quisiste concedérmelo; un capricho que valió por otro capricho.

Y no puedo soportar el vacío que me sobrevino con tu rechazo.

No te pedía un beso porque en verdad continuara enamorada; no te pedía un beso porque quisiera celosamente poseerte; necesitaba un beso porque estaba sola. Y continúo sola. Y drenada de emoción alguna. Y en silencio.

Ansiaba por primera vez en mi vida que alguien me protegiera, me acariciara el pelo, me dijera que me tenía afecto. Y pese a que mencionaste otrora que siempre me cuidarías estando mal, se confirmó esta noche mi teoría de que en definitiva no lo harías. No te importo lo suficiente para que cambies tus formas. Y para ser franca, no soy quién para requisar semejante blasfemia.

Si querer olvidar es un sentimiento, entonces soy consciente de que éste infectó mi cabeza.

Quisiera ser menos impotente, tener más coraje, tener una dosis menor de ingenuidad cuando me rodeás con tu risa.

En este momento te diría mil cosas y no me sale decirte ninguna. Soy tan infantil y asquerosamente predecible para mi misma.

Y puedo, sin embargo, concebir el hecho de que no hayas vuelto. La huída estaba pintada en tu semblante; coloreaba de tonalidades oscuras tu frente cuando fruncías el ceño.

Tuve que saberlo; saber que un buen día te ibas a cansar de pasar tiempo conmigo.

Pero no pensé que iba a ser hoy.

No hoy.

No así.

Sos la única persona que necesitaba. Cada vez que me derrumbaba te llamaba, esperando que desde la otra línea sonara tu voz. Y nunca sucedió. Quizá jamás puede suceder.

Y sos a la única persona a la que me gustaría abrazar en mi sueño. A la que desearía agarrarme con fuerza, y recostaría mi cabeza en tu pecho a la vez que escucharía tus latidos. Suena cliché, pero tengo de repente unas ganas aberrantes de hacerlo.

Y no me sorprende, pero no va a poder ser. Y ahora más que nunca me agradaría un consuelo de mi mamá.

No estoy destrozada, pero sí rota.

La vida finalmente me golpeó en la cara.

Y al reflexionar sobre todo y nada, puedo llorar.

Pensar en mi mamá me aflojó las lágrimas. Pensar en lo mucho que le oculto y en lo lejos que se encuentra de mi.

Y me agradaría dirigirme a la terraza a tomar aire fresco, pero me sentiría culpable de compartir el viento sin estar en tu compañía.

¿Culpable? Qué palabra fuerte.

Me preguntás si dejaste tus llaves. Observo la mesa con pesadez. Lo único que dejaste atrás fueron colillas de cigarrillos, alcohol y remordimientos. En síntesis, todo aquello que fuiste capaz de otorgarme en su momento.

Y no te juzgo. Pero siempre creí que me ibas a dejar algo más.

Mala mía por ser una chiquilina en la mente de una adulta.

Lovesick… homesick… just sick.

No nos hagamos los formales con tantas etiquetas. Ni a mi me sale, y hay veces en que me creo la Reina de Inglaterra.

Y por fin lo que escribo no se contradice con quién soy. Es real, es espantosamente genuino y desagradablemente denso.

A nadie le gusta alguien dañado. A nadie le agrada una persona perjudicada.

Solía auto convencerme de que la depresión tenía su tinte romántico, su lado hermoso. Pero la verdad es que cansa y aturde a los demás de tal forma, que abandonan su suerte mientras pueden.

Y cómo los envidio. Y no los juzgo ni acuso por irse tampoco.

La realidad es… que yo también me iría si pudiera;

desplegaría unas bellas alas doradas y partiría de este mundo.

Wow. Cómo los puntos aparte parecen tan lapidarios de repente. Como si ya fuera hora de pasar a otra cosa.

Silencio, silencio, silencio.


lunes, 23 de noviembre de 2015

(Des) Preocupación

Me encantan los días en que no hay tiempo. Aquellos en los que uno se levanta y finge que son las diez de la mañana; los que uno atesora y guarda en el cajón de los objetos valiosos.

Me encantan los momentos en que no existen los relojes, ni los calendarios, ni nada en realidad. Sin horarios, sin reglas; sin tener a dónde ir ni nada que hacer en un futuro inmediato.

Me encantan las mesas de desayuno al mediodía, las camas sin hacer, los pelos alborotados, las colillas de cigarrillos en el cenicero de vidrio. Siempre me agradaron el olor del café a las once de la noche de un sábado, los platos sin lavar amontonados en la pileta por la tarde, sin que nadie se moleste en pasarles una esponja.

Me encantan las bañaderas para estrenar, las mantas del sanitario colgadas de la mampara, esperando a secarse; el calor que emana de un plato recién hecho de fideos listo para ser devorado a deshoras.

Me encantan los vasos de cerveza vacíos, bien temprano, cuando está amaneciendo; el esmalte corrido, la cara sin haber sido desmaquillada, con restos de rímel y rastros de un carmín dibujando el contorno de los labios;

Retazos de un poema borroneados en una servilleta-manuscrito que hizo las de boceto en manos de un escritor borracho.

Me encantan los días en que no siento la culpa de “perder el tiempo”, ni me deprimo al ver la bata azul celeste apoyada en el extremo de mi cama. Aquellos en los cuales no me siento mal por dejar que las horas corran, por permitir que se apile la vajilla, por olvidar estirar las sábanas.

Porque en esos días… en esos días soy real. Me entiendo verdadera y me admiro en todo mi esplendor humano. En esos días, estoy en paz con mis defectos y mis errores, y compartimos una taza de té junto con los aciertos y las virtudes.

En esos días puedo ser yo, verosímil. Sin apuro, sin prisa o cautela, sin precaución. No existe el tiempo, no se asimilan las normas, no me llaman por celular o ni remotamente considero atenderlo.

En esos días, curiosamente, al no haber conteo de los minutos, me siento plenamente consciente de que existo.

viernes, 2 de octubre de 2015

Eclipse Rojo/El Éter

Hoy, domingo 27 de septiembre de 2015, me fui a ver a la terraza un eclipse lunar. Mi hermano se había ido a encontrarse con alguien y yo no sabía cuándo me llamaría o si pensaba volver. Por las dudas me llevé el celular conmigo.

A decir verdad, nunca me generó demasiada confianza la terraza de noche, pero a falta de un balcón en el propio departamento, me vi en una situación con limitadas opciones.

Cacé mis llaves para volver luego de presenciar el fenómeno de los cielos, subí al ascensor con nerviosismo, y con la campera puesta y una sonrisa de oreja a oreja estampada en mi rostro, marqué con el dedo índice el piso 14.

Al atravesar el umbral, me vi de frente al rellano bien iluminado, a unos pasos de las escaleras que conducían al corredor que daba a la puerta de vidrio de la azotea.
Inhalando una bocanada de aire, junté coraje y ascendí intentando no hacer ruido con el tacón de mis borcegos.

Una vez que giré la perilla de metal, la noche sopló en mi nariz con delicadeza. Escudriñé el ambiente en busca de vecinos intrigantes, pero no había nadie. Sin necesitar verme en un espejo, sabía que mis ojos estaban brillando.

Me decidí a sentarme en el suelo color terracota y tranquila esperé, desnuda mi alma frente a la Luna, y el cosmos como mi única y siempre leal compañía.

Y me aburrí un poco, y me sentí sola otro poco. Pero sabía en mi fuero interno que estaba por ser testigo de algo fantástico, un eclipse rojo que ocurriría de nuevo recién en el 2033 y que únicamente sería visto en parte de América del Sur y otros pocos países. Comenzaría exactamente a las 22:07hs y el máximo, es decir, la entrada en la umbra de la Tierra, sería a las 23:42hs. La Tierra bloquearía por completo la luz del Sol sobre la superficie lunar, pero ésta se refractaría (se desviaría) en la atmósfera de nuestro planeta, provocando que un rojo que representaría todos los atardeceres y amaneceres del mundo se reflejara en la Luna durante 1h 12m.

Me hallaba llena de luz y espiritualmente en paz. Ya no sentía temor de la noche y sus sombras, porque el satélite me protegía y estaba conmigo a todo momento.

En eso, me di vuelta, me paré y miré hacia el parque a los pies del edificio con curiosidad. Admiré a las personas que se retiraban ya de la plaza, a los transeúntes que recorrían las veredas grises y a la danza de luces rojas y doradas que se desplegaba en los alrededores. Era una hermosa noche de primavera.

Cantando Pink Floyd para pasar el rato, volví a tomar asiento. Suspiré, me apoyé contra la baranda alambrada de la amplia terraza y me dediqué a otear los contornos azules de la esfera nacarada, mientras simultáneamente echaba breves vistazos a la hora en mi celular. El tiempo trotaba entre lento y rápido y mi voz aspiraba a ser suave como la seda, sin pretensiones de  disturbar la calma.

Justo cuando finalizaba un verso de “Goodbye blue sky”, la puerta por la que había ingresado se abrió con un chirrido y salieron dos señoras y una nena de no más de ocho años. Automáticamente apagué mi canto. Me dijeron “buenas noches” con cortesía y me sonrieron, comentándome que también venían a contemplar el eclipse.
Hablaron del planetario, y de que allí se iba a realizar un show con telescopios y música para convocar gente para el inusual acontecimiento. Yo esa misma tarde había pasado por allí con un amigo y se estaba desarrollando una fiesta de las colectividades, detalle que no olvidé agregar a la animada conversación.

Y así prosiguió la charla por unos cuantos minutos, hasta que la abuela de la niña anunció que buscaría el mate para compartir con nosotras (la otra señora y yo). Al principio confieso que no había entendido si las señoras eran amigas, parientes, o si una era la empleadora de la otra. Y admito que sigo sin poseer dicho conocimiento.

En fin, mientras la traviesa piccolina correteaba persiguiendo a su nonna, yo me quedé a solas con la otra mujer.

Mantuvimos una plática que duró una buena media hora sobre nuestros orígenes, mascotas (me habló de su perro de unos doce años), parientes, y porque nunca falta, de la inseguridad generalizada del país en la actualidad (entre otros tópicos, puesto que también el extenso diálogo derivó en estudiantes de intercambio y multiculturalidad).

Finalmente se dignó a llamarme mi hermano por celular (yo estaba sin crédito para avisarle de mi visita a la terraza) y le comenté del evento en ciernes, e intenté persuadirlo de que se presentara fugazmente antes de perdérselo.

Al cortar la llamada, supuse que probablemente no vendría.

Al cabo de un lapso moderado de tiempo, sin embargo, hizo acto de presencia y saludó a la señora junto a mi, quien se hallaba documentando en el momento el espectáculo único de la sombra alimentándose de la luz blanca.

Yo creí por un instante que la niña y su abuela no serían cómplices de la irrepetible exhibición; no obstante, medio segundo más tarde, y probándome por segunda vez en la noche que estaba equivocada, reaparecieron con la madre de la nena caminándoles muy de cerca.

“Buenas noches”, saludé amablemente. La nonna de cabello corto y oscuro me sonrió, y sacando el termo de una bolsa de tela, me ofreció un mate.

He de aclarar para aquellos que no conocen esta cualidad mía, que no me gusta muchísimo el mate, y que sin embargo, jamás me vería capaz de negar a alguien tal simple gesto de gentileza.

Aquella señora no sólo me convidó de su mate en una actitud afable tan característica de Argentina, sino que además me compartió unas galletitas dulces que ese día había comprado, según me dijo, en San Telmo.

Mi hermano atendió una llamada, alejándose de la escena vecinal, y yo divisé a la gente apiñada en la terraza del edificio contiguo tomando fotografías del cielo.

Al prestar atención nuevamente a la Luna, me deslumbré por completo. El satélite estaba anaranjado y marrón, como las últimas hojas del otoño que caen de las copas de los árboles.
Era una rareza bellísima de contemplar.

Me emocioné y sentí que mi pecho se ensanchaba de felicidad; era una conexión con la naturaleza tan fuerte la que me atravesó, que no logré despegar mis ojos de la divinidad de los cuatro elementos: la brisa que nos envolvía a los seres humanos, el fuego del círculo previamente níveo, la tonalidad castaño tierra de se adhería al rojo, y el arroyuelo de emociones que fluía dentro de mi ser.

Y el secreto fue divulgado, y no me perteneció ni a mí ni a nadie, sino al éter.

Y floté, repleta de vida. Y ya no existí en mi soledad o individualismo, sino en la armonía silenciosa con lo insustancial.

El enlace no fue efímero, porque la sensación aún perdura en mí hasta el día de hoy, pero sí fui consciente otra vez del tiempo y el espacio, dimensiones de lo contrario tan relativas. Mi hermano se fue, la señora que debía alimentar al perro se retiró, y poco después, yo misma me despedí de la abuela, la madre y la niña, y me excusé, prometiendo llevar mate y bizcochitos dada la próxima ocasión.

Al día siguiente tenía que asistir a la facultad y me esperaba una congregación de platos sucios que atender.

Me dediqué a la tarea de fregar y enjuagar una vez de vuelta en el departamento, y por fin me recosté a dormir, sin evitar rememorar retazos de la noche irrepetible, la que en lugar de captar con la tecnología, convenía sentir en el momento.

domingo, 5 de julio de 2015

Le carrefour de la vague solitaire

El amor es como una ola; una fuerza acuática que se zambulle curiosa hacia lo desconocido, que se lanza de cabeza precipitándose al suelo arenoso; que rompe en la costa a la vez que una luz delinea su contorno con esplendor.

El amor es como una ola… poderosa, a veces calma, a veces furiosa. Que en lugar de cenizas deja espuma a su paso. Que con la tormenta se estremece impaciente.

Y me pregunto si un mar sin olas carece de amor.

Un mar, con su vasta inmensidad y sus misterios, sus tesoros ocultos en lo profundo, sus luciérnagas perdidas, merodeando en la oscuridad del fondo desprovisto de un linde limitativo.

¿Es que tal vez se ha cansado el mar de buscar sus olas?

Aquellas que en la rompiente se han debilitado y aprendieron a caer, solamente para recobrar su temple y alzarse de nuevo.

Desperdigando al alejarse ápices de maravillas enterradas en la orilla, aguardando a ser recogidas por algún viajero errante.

Y si fuera el amor como una ola, ¿acaso reuniría a los náufragos extraviados que intentaran vislumbrar un faro a lo lejos?