La belleza del enamoramiento recae por supuesto en el anonimato; misterioso, fino manto de niebla que produce la atracción y se encarga de cubrir el hastío.
Ella estudia letras. Tiene ojos que se asemejan al cristal y sus cabellos se le desparraman por los hombros, envolviendo su cuello en mechones opacos.
No me atreví a conversar.
Y luego... una rápida ojeada hacia el costado bastó para
transportar mi mirada, posándose en otra silueta. Apenas un recuerdo.
Estupefacta, contemplé ante mi a la tóxica ninfa de rizos rubios y bolso
singular. Al verla sólo se me ocurrió un color: verde.
Y ya no pudiendo impactarme por el hecho de que tal vez cada persona es la viva representación de una gama de colores, opté por continuar mi camino.
Frustrada al no lograr expresar mis emociones sin recibir un tinte de rechazo en respuesta, anhelé desaparecer.
Y entonces procuré hacerlo a mi manera, con un par de auriculares y mis pies guiándome lejos, en absoluto queriendo adivinar su nombre.
Pues de haberlo hecho, me hubiera visto obligada a revelarlo.
Y eso, sería sencillamente un crimen imperdonable.

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