Un grueso tapado gris, zapatos con la bandera británica.
Lo miro, me mira y por un error de asientos acabo sentada a
su lado. Siento su brazo rozar el mío y mil mariposas se apoderan de mi ser.
Preguntale algo, lo que sea. No me animo, ¡no me animo!
Su celular llama mi atención. Es único al igual que él.
Estilo propio aflorando en nubes ascendentes de sofisticación, elegancia y
porqué no, una pizca de atrevimiento pasional.
De soslayo me observa y yo alcanzo apenas por una milésima
de segundo a desviar la mirada. Una chica está leyendo adelante, pero mi vista
no logra atravesar la barrera de la distancia. El sol se pasea por los árboles
afuera, arrinconando sombras en un mágico vaivén.
Percibo una melodía. Tiene los auriculares puestos pero no
puedo descifrar la música que llega en forma de confusión a mis oídos.
Me rindo y acabo resignándome a no hablarle durante el resto
del viaje.
Sin embargo, echo una ojeada de pura curiosidad y distingo
un mechón castaño cubriéndole los ojos. Inmediatamente vuelvo mi vista a la
ventana.
Una pasajera se levanta para irse. Tensa quietud.
Finalmente él decide moverse al asiento vacío junto a la
ventana y al cambiar de posición me sonríe con cortesía.
Me uno a mis amigos en presencia, pero no quiero hablarles.
Me sumerjo en mis pensamientos y en ese instante un señor de traje verde y
bufanda azul se sube al colectivo. Se aproxima y el chico de las zapatillas
internacionales descruza las piernas para dejarle espacio.
Una pared de verde nos separa.
El colectivo frena frente al parque. Me despido de mis
amigos y con un último y poco disimulado vistazo desciendo del transporte.
Él no corresponde a mi saludo y eso me decepciona.
Siento un nudo en la garganta e imagino que tomo mi cabeza
con las manos en señal de frustración.
Su grueso traje gris persiste en mi memoria. No me animé.
https://www.youtube.com/watch?v=4SRj-av79Ts
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